¿Qué hacer, a parte de orar, en defensa del Cristianismo?
Es casi incontable
el número de publicaciones, de programas de radio y ya últimamente de TV y
cine, que cuestionan muy seriamente y sin pausa todo lo relacionado con Jesús y
con el Cristianismo. Se citan investigadores, historiadores e incluso teólogos
que afirman que Cristo no murió en la cruz, que no resucitó, puesto que permaneció
vivo, que después del tormento se fue hasta Cachemira donde falleció y fue
enterrado, etc. etc.
¿Qué está
ocurriendo? ¿Qué reacción se toma en defensa? ¿Qué hay que hacer, a parte de
orar, para disipar tanta tiniebla?
J. R. G., Guardamar
de Segura
Muy querido amigo,
comprendo y hasta en alguna medida comparto la desazón que manifiestan las dos
páginas con que me planteas el problema y que he tratado de resumir como
precede.
¿Qué está
ocurriendo? Pues lo que tu me escribes, que “el Cristianismo, Jesucristo, está
sufriendo el mayor ataque de todos los tiempos, pues es un ataque intelectual,
filosófico, psicológico, capaz de desmoronar conciencias y capaz de apartar
definitivamente del Camino a los que dudan.” Yo suelo decir que Satán está
desatado como nunca en su lucha contra Dios y todo lo que se relaciona con Él.
No sólo contra Jesucristo y su Iglesia, sino también contra la familia, contra
la voluntad y libertad del hombre, contra el amor, contra la facultad estética
y contra la inteligencia misma; en una palabra, contra la persona humana,
imagen y semejanza de Dios. Se trata de pisotear esa imagen, ya que contra Dios
mismo no puede nada. No sin razón S. Ignacio llama a Satanás “el enemigo de
natura humana”. Y a propósito de que no puede nada contra Dios, no estará de
más que recordemos que todo lo que puede hacer contra el hombre es permitido
por Dios, para bien del hombre, para darle una oportunidad, con la ayuda de su
gracia, de crecer espiritualmente y
merecer una gloria y felicidad mayores en el Cielo.
¿Que hay que hacer, además de orar?
1. Por de pronto,
anirmarse en la fe, con la gracia de Dios que, orando, no nos puede faltar. No
dejarse turbar. Jesucristo ya nos lo anunció. «Entonces os entregarán a la
tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi
nombre. Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán
mutuamente. Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al
crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de
muchos se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».
(Mt 24, 9-13). Y también nos dijo: «En el mundo tendréis tribulación. Pero
¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y, estemos seguros,
segurísimos, la victoria final será suya y de cuantos hayamos querido serle
fieles, perseverando hasta el fin. San Pablo resumirá la enseñanza de Jesús en
una sola frase: Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús,
sufrirán persecuciones (2 Tm 3, 12).
2. Después, tenemos
que vivir con fidelidad creciente esa nuestra fe, que es nuestro mayor tesoro.
Ser testigos fehacientes de la misma con nuestra conducta. En todos los tiempos
han existido esos testigos, mártires y confesores de la fe. Y en nuestros días
más numerosos que nunca. No olvidemos que el siglo XX ha tenido más mártires
que ningún otro. Y en la actualidad casi cada semana muere alguno o algunos por confesarse cristianos. Pero no olvidemos que
confesores de la fe podemos y debemos ser todos los cristianos, siendo
coherentes con ella en todos los momentos de nuestra vida.
3. Es nuestro deber
estudiar, en la medida de nuestras posibilidades, los fundamentos racionales e
históricos de nuestra fe, para poder dar razón de nuestra esperanza, como pedía
S. Pedro a los primeros cristianos. Hay bastantes libros en los que se
encuentran expuestos esos fundamentos. Yo mismo, como sabes, fui escribiendo
uno en esta misma revista Avanzar y a la venta está. Pero hay bastantes otros y
mejores que el mío.
Ninguno de esos
libros, novelas, películas y otras publicaciones, actuales o antiguos a que
aludes tiene en favor de su historicidad los testimonios de que disponen los
Evangelios; ninguna de las reconstrucciones, pretendidamente científicas, de la
persona del Jesús histórico puede compararse con la que describen los
Evangelios. El “Jesús de Nazaret” de Joseph Ratzinger, nuestro Papa teólogo, lo
deja bien claro: El Jesús histórico, el Jesús real es el mismo de la fe, el que
nos presentan los Evangelios. Es más, la coincidencia sustancial que encontramos
en los cuatro Evangelios, al hablarnos de Jesús, no la hallarás en esa
proliferación de escritos que pretenden presentarnos al verdadero Jesús y se
contradicen continuamente.
¿Qué se hace?
Se han escrito
refutaciones a medida que esa literatura ha ido apareciendo. Pero, mi oinión es
que vale de poco que se escriban esas refutaciones. Por una parte, es darle una
publicidad y una importancia que no se merece, y por otra, la gente
escandalizada en un gran porcentaje ni quiere, ni está preparada para leer
refutaciones. Pongamos, sobre todo nuestra confianza en el propio Cristo Jesús
y en la acción del Espíritu Santo que no abandona a su Iglesia. Ésta, por otra
parte, constituye por sí sola la mejor prueba, no sólo del valor histórico de
los Evangelios, sino también de la divinidad de Jesucristo. Ya lo decía el
Concilio Vaticano I: “La Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable
propagación, eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes,
por su unidad católica y su invicta estabilidad, es un grande y perpetuo motivo
de credibilidad y testimonio irrefragable de su divina legación” (Capítulo III,
De la fe). Y no vale objetar que en ella está también muy presente el pecado,
porque eso mismo hace humanamente inexplicable la realidad afirmada por el
Concilio, si no ha habido una clara intervención divina en su origen o
fundación y en su desarrollo, desde el siglo I hasta nuestros días.
Espero que esto te
sirva, como a mí, gracias a Dios, me sirve.
J.Mª. F-C.