Gotas
El
contenido del “Evangelio” es que el Reino de Dios está cerca.
Se
pone un hito en el tiempo, sucede algo nuevo.
Y se
pide a los hombres una respuesta a este don: conversión y fe.
El
centro de esta proclamación es el anuncio de la proximidad del Reino de Dios;
Anuncio
que constituye el centro de las palabras y la actividad de Jesús.
Benedicto XVI
El eje
vivo del Evangelio es el Reino de Dios.
También
el núcleo de cuanto Jesús hace y dice es el Reino de Dios.
Un
Reino que está cerca de nosotros, próximo a nosotros,
dentro de nosotros, según el Evangelio.
Pero
¿qué es el Reino de Dios?
Para
responder a la pregunta se han escrito muchos libros y artículos,
y se han dado las más diversas interpretaciones:
el Reino de Dios es Dios mismo; o Cristo; o la Iglesia
incluso,
y también el mundo en que campea la paz, la justicia, la
verdad,
la salvaguarda de la creación, etc., etc. ¿Es así realmente?
El
Santo Padre escribe:
Tenemos
que decir más bien: lo que Jesús llama «Reino de Dios, reinado de Dios»
es sumamente complejo y sólo aceptando todo el conjunto
podemos acercarnos a su mensaje y dejarnos guiar por él.
La pregunta sigue en
pie: ¿Qué es el Reino o reinado de Dios?
Benedicto
XVI da esta respuesta:
Ahora
se tiende cada vez más a entender que con estas palabras
Cristo
se refiere a sí mismo: El, que está entre nosotros, es el «Reino de Dios»,
sólo que no lo conocemos (cf Jn 1,31.33).
El
«reino» no consiste simplemente
en la presencia física de Jesús, sino en su obrar en el
Espíritu Santo.
En
este sentido, el Reino de Dios se hace presente aquí y ahora,
«se acerca», en Él y a través del ÉL.
La
respuesta es clara: el Reino de Dios es el mismo Jesús.
Én
Él ahora es Dios quien actúa y reina, reina al modo divino, es decir,
sin poder terrenal, a través del amor que llega «hasta el
extremo» (Jn 13, 1),
hasta la cruz. Lo cual requiere conversión y fe. Es decir,
abrirse a Cristo,
escucharle, acogerle y dejarse modelar y
recrear por Él como hijos de Dios.
Eso
es realeza o soberanía de Dios a través de Cristo en cada uno de
nosotros.
P. Gregorio