Evangelizar,
¿intromisión en la libertad ajena?
Para
salir al paso de este y otros interrogantes similares que están en el ambiente,
el Cardenal William Levada, ha publicado una Nota de la que ofrecemos a
nuestros lectores algunos párrafos. El texto original lo presentamos en letra
cursiva: los subtítulos añadidos como guías de lectura son de Avanzar. .
El hombre está
hecho para buscar la verdad y hacer el bien.
Se le puede
impedir este desarrollo esencial...
...
a) por una visión de la libertad viciada por el relativismo:
... hoy en día, cada vez más frecuentemente, se
pregunta acerca de la legitimidad de proponer a los demás lo que se considera
verdadero en sí, para que puedan adherirse a ello. Esto a menudo se considera
como un atentado a la libertad del prójimo.
Tal visión de la libertad humana, desvin-culada de su
inseparable referencia a la verdad, es una de las expresiones «del relativismo
que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el
propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se
transforma para cada uno en una prisión». En las diferentes formas de agnosticismo
y relativismo presentes en el pensamiento contemporáneo, «la legítima
pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en
el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es
uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es
posible encontrar en el contexto actual. No se sustraen a esta prevención ni
siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en
efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto
de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso
contradictorias entre sí». Cuando el hombre niega su capacidad fundamental de
conocer la verdad, se hace escéptico sobre su facultad de conocer realmente lo
que es verdadero, termina por perder lo único que puede atraer su inteligencia
y fascinar su corazón.
...
b) por dejarle solo, sin valorar la necesidad de ayuda mutua que tenemos todos:
5. En este sentido, en la búsqueda de la verdad, se
engaña quien sólo confía en sus propias fuerzas, sin reconocer la necesidad que
cada uno tiene del auxilio de los demás.
El hombre «desde el nacimiento, pues, está inmerso en
varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación
cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree.
... en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más
numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal». La necesidad
de confiar en los conocimientos transmitidos por la propia cultura, o
adquiridos por otros, enriquece al hombre ya sea con verdades que no podía
conseguir por sí solo, ya sea con las relaciones interpersonales y sociales que
desarrolla. El individualismo espiritual, por el contrario, aísla a la persona
impidiéndole abrirse con confianza a los demás – y, por lo tanto, recibir y dar
en abundancia los bienes que sostienen su libertad – poniendo en peligro
incluso el derecho de manifestar socialmente sus propias convicciones y opiniones .
Todos los hombres y mujeres son amados por Cristo,
y
es un gran bien que lo sepan
Conocer a Cristo, una verdadera liberación
Si bien los no cristianos puedan
salvarse mediante la gracia que Dios da a través de “caminos que Él sabe” , la
Iglesia no puede dejar de tener en cuenta que les falta un bien grandísimo en
este mundo: conocer el verdadero rostro de Dios y la amistad con Jesucristo, el
Dios-con-nosotros. En efecto, «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados,
sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y
comunicar a los otros la amistad con Él». Para todo hombre es un bien la
revelación de las verdades fundamentales sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el
mundo; mientras que vivir en la oscuridad, sin la verdad acerca de las últimas cosas,
es un mal, que frecuentemente está en el origen de sufrimientos y esclavitudes
a veces dramáticas. Esta es la razón por la que San Pablo no vacila en
describir la conversión a la fe cristiana como una liberación «del poder de las
tinieblas» y como la entrada «en el Reino del Hijo predilecto, en quien tenemos
la redención: el perdón de los pecados» (Col 1, 13-14). Por eso, la plena
adhesión a Cristo, que es la Verdad, y la incorporación a su Iglesia, no
disminuyen la libertad humana, sino que la enaltecen y perfeccionan, en un amor
gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres.
El
camino del diálogo sincero:
8. La evangelización implica también el diálogo
sincero que busca comprender las razones y los sentimientos de los otros. Al
corazón del hombre, en efecto, no se accede sin gratuidad, caridad y diálogo,
de modo que la palabra anunciada no sea solamente proferida sino adecuadamente
testimoniada en el corazón de sus destinatarios. Eso exige tener en cuenta las
esperanzas y los sufrimientos, las situaciones concretas de los destinatarios.
Además, precisamente a través del diálogo, los hombres
de buena voluntad abren más libremente el corazón y comparten sinceramente sus
experiencias espirituales y religiosas. Ese compartir, característico de la
verdadera amistad, es una ocasión valiosa para el testimonio y el anuncio
cristiano.
Como en todo campo de la actividad humana, también en
el diálogo en materia religiosa puede introducirse el pecado. A veces puede
suceder que ese diálogo no sea guiado por su finalidad natural, sino que ceda
al engaño, a intereses egoístas o a la arrogancia, sin respetar la dignidad y
la libertad religiosa de los interlocutores. Por eso «la Iglesia prohíbe
severamente que a nadie se obligue, o se induzca o se atraiga por medios
indiscretos a abrazar la fe, lo mismo que vindica enérgicamente el derecho a
que nadie sea apartado de ella con vejaciones inicuas» .
El
amor de Cristo es el que urge a los evangelizadores:
El motivo originario de la evangelización es el amor
de Cristo para la salvación eterna de los hombres. Los auténticos
evangelizadores desean solamente dar gratuitamente lo que gratuitamente han
recibido: «Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se
esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción
coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la
virtud de la palabra de Dios» . La misión de los Apóstoles – y su
continuación en la misión de la Iglesia antigua – sigue siendo el modelo
fundamental de evangelización para todos los tiempos: una misión a menudo
marcada por el martirio, como lo demuestra la historia del siglo pasado. Precisamente
el martirio da credibilidad a los testigos, que no buscan poder o ganancia sino
que entregan la propia vida por Cristo. Manifiestan al mundo la fuerza inerme y
llena de amor por los hombres concedida a los que siguen a Cristo hasta la
donación total de su existencia. Así, los cristianos, desde los albores del
cristianismo hasta nuestros días, han sufrido persecuciones por el Evangelio,
como Jesús mismo había anunciado: «a mí me han perseguido, también os
perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20).
La Iglesia, lugar de la Comunión con Dios
El porqué de la incorporación a la Iglesia:
9. Desde el día de Pentecostés, quien acoge plenamente
la fe es incorporado a la comunidad de los creyentes: «Los que acogieron su
Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil personas»
(Hch 2, 41). Desde el comienzo, con la fuerza del Espíritu, el Evangelio ha
sido anunciado a todos los hombres, para que crean y lleguen a ser discípulos
de Cristo y miembros de su Iglesia. También en la literatura patrística son
constantes las exhortaciones a realizar la misión confiada por Jesús a los discípulos .
Generalmente se usa el término «conversión» en referencia a la exigencia de
conducir a los paganos a la Iglesia. No obstante, la conversión (metanoia), en
su significado cristiano, es un cambio de mentalidad y actuación, como
expresión de la vida nueva en Cristo proclamada por la fe: es una reforma
continua del pensar y obrar orientada a una identificación con Cristo cada más
intensa (cf. Gal 2, 20), a la cual están llamados, ante todo, los bautizados.
Este es, en primer lugar, el significado de la invitación que Jesús mismo
formuló: «convertíos y creed al Evangelio» (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17).
… la incorporación de nuevos miembros a la Iglesia no
es la extensión de un grupo de poder, sino la entrada en la amistad de Cristo,
que une el cielo y la tierra, continentes y épocas diferentes. Es la entrada en
el don de la comunión con Cristo, que es «vida nueva» animada por la caridad y
el compromiso con la justicia. La Iglesia es instrumento – «el germen y el
principio» – del Reino de Dios, no es una utopía política. Es ya
presencia de Dios en la historia y lleva en sí también el verdadero futuro, el
definitivo, en el que Él será «todo en todos» (1 Co 15, 28); una presencia
necesaria, pues sólo Dios puede dar al mundo auténtica paz y justicia.
Una
vedadera humanización del hombre y del mundo:
El Reino de Dios no es – como algunos sostienen hoy –
una realidad genérica que supera todas las experiencias y tradiciones religiosas,
a la cual estas deberían tender como hacia una comunión universal e
indiferenciada de todos los que buscan a Dios, sino que es, ante todo, una
persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios
invisible. Por eso, cualquier movimiento libre del corazón humano hacia Dios y
hacia su Reino conduce, por su propia naturaleza, a Cristo y se orienta a la
incorporación en su Iglesia, que es signo eficaz de ese Reino. La Iglesia es,
por lo tanto, medio de la presencia de Dios y por eso, instrumento de una
verdadera humanización del hombre y del mundo. La extensión de la Iglesia a lo
largo de la historia, que constituye la finalidad de la misión, es un servicio
a la presencia de Dios mediante su Reino: en efecto, «el Reino no puede ser
separado de la Iglesia»
La
misión de evangelizar concierne a todos los bautizados
El respeto a la libertad religiosa y su promoción «en
modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún,
la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva»25 .
Ese amor es el sello precioso del Espíritu Santo que, como protagonista de la
evangelización, no cesa de mover los corazones al anuncio del Evangelio,
abriéndolos para que lo reciban. Un amor que vive en el corazón de la Iglesia y
que de allí se irradia hasta los confines de la tierra, hasta el corazón de
cada hombre. Todo el corazón del hombre, en efecto, espera encontrar a
Jesucristo.
Se entiende, así, la urgencia de la invitación de
Cristo a evangelizar y porqué la misión, confiada por el Señor a los Apóstoles,
concierne a todos los bautizados. Las palabras de Jesús, «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt
28, 19-20), interpelan a todos en la Iglesia, a cada uno según su propia
vocación. Y, en el momento presente, ante tantas personas que viven en
diferentes formas de desierto, sobre todo en el «desierto de la oscuridad de
Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del
rumbo del hombre» , el Papa Benedicto XVI ha recordado al mundo que «la
Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como
Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la
vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y
la vida en plenitud». Este compromiso apostólico es un deber y
también un derecho irrenunciable, expresión propia de la libertad religiosa,
que tiene sus correspondientes dimensiones ético-sociales y ético-políticas. Un
derecho que, lamentablemente, en algunas partes del mundo aún no se reconoce
legalmente y en otras, de hecho, no se respeta .
Diversas
maneras de evangelizar
La evangelización no se realiza sólo a través de la
predicación pública del Evangelio, ni se realiza únicamente a través de
actuaciones públicas relevantes, sino también por medio del testimonio
personal, que es un camino de gran eficacia evangelizadora. En efecto, «además
de la proclamación, que podríamos llamar colectiva, del Evangelio, conserva
toda su validez e importancia esa otra transmisión de persona a persona. El
Señor la ha practicado frecuentemente —como lo prueban, por ejemplo, las
conversaciones con Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo— y lo
mismo han hecho los Apóstoles. En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el
Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La
urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer
olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia
personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente
extraordinaria que recibe de otro hombre».
En cualquier caso, hay que recordar que en la transmisión del Evangelio la palabra y el testimonio de vida van unidos; para que la luz de la verdad llegue a todos los hombres, se necesita, ante todo, el testimonio de la santidad. Si la palabra es desmentida por la conducta, difícilmente será acogida.