“Siendo rico,
por vosotros
se hizo pobre”
(2Cor
8,9)
Del mensaje cuaresmal del Papa
Cada año, la Cuaresma nos ofrece una
ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser
cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para
que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos.
En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos
específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de
renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna.
Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar
sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a
los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del
apego a los bienes terrenales.(...).
La limosna nos ayuda a vencer esta
constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a
compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas
especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes
del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se
añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia
primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor
de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las enseñanzas evangélicas,
no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por
tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través
de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su
providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia
Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio
de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la
amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan
solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el
hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan:
“Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le
cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn
3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en
los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su
responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el
abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia
aun antes que un acto de caridad.
3. El Evangelio indica una
característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que
no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna
quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no
hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de
quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación
del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille
así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por
tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.
Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda
al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si
al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el
verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer
un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos
situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay
que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La
limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta
de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de
Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se
entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas
personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática,
llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo
necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón
se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve
en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento
humano por las obras de misericordia que realiza.
4. Invitándonos a considerar la
limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente
material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir
(Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro
ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y
para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios
compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la
plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma
de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa
nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos
espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe–
cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia
cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados.
El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese
don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y,
precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de
recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede
convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y
con los hermanos.
(...) Es significativo el episodio
evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo
lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante
moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le
sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.