PADRE DAMIAN,

Misionero,  Apóstol de los leprosos en Molokai

 

Sé que voy a un perpetuo destierro y que tarde o temprano me contagiaré de la lepra.  Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo”.

José de Veuster nace el 3 de enero de 1840 en Tremeloo, pequeña localidad de Bélgica.

Sus padres, Francisco y Ana Catalina, granjeros, dan estudios a sus hijos a la par que les instruyen en agricultura, cría de animales y albañilería.

En octubre de 1858, “oyendo una predicación misionera se me afirmó mi vocación religiosa”. 

Augusto y José, dos de los hijos del matrimonio, ingresan en la Congregación de los Sagrados Corazones.

José adopta el nombre de Damián en sus primeros votos:  Hermano Damián el 7 de octubre de 1860 a los 20 años de edad.  Comienza sus estudios eclesiásticos en París y de Teología en Lovaina.  Revestido con las Ordenes Menores en septiembre de 1863.

Augusto, por enfermedad, no ve realizado su deseo de viajar fuera de Europa como misionero.  Damián toma como suyo el sueño de su hermano, solicita del  Superior General permiso para ir, como voluntario, a evangelizar las islas del océano Pacífico.

Tras 148 días de travesía, el 19 de marzo de 1864, desembarca en Honolulú.  Días más tarde es ordenado sacerdote en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz, establecida allí  por su Orden Religiosa.

Se entrega en cuerpo y alma a la vida áspera de misionero.  Durante 8 meses regenta una parroquia en la isla de Oahu.

La masiva llegada de comerciantes mercantiles americanos y europeos trae con ellos enfermedades infecciosas graves, sífilis, gripe, y una que se transforma en plaga, la lepra.

El gobierno hawaiano temeroso de la propagación incontrolada de esa lacra, decreta una verdadera cacería humana de afectados, sin considerar estado, sexo, edad ni condición.  Se les apresa y se les recluye en Molokai, isla situada entre las de Hawai y Oahu.

Mientras, al padre Damián se le asigna una Misión Católica al norte, en las montañas de Kohala.

Enterado Damián de la propagación rápida de la lepra, de su gravedad, de sus consecuencias, de su elevado índice de mortandad, pide al vicario apostólico ir voluntario para atender física, anímica y espiritualmente a esos más de 800 deportados confinados hasta la muerte en un lugar del que difícilmente pueden salir.

Es el 10 de mayo de 1873 cuando pone pie en Molokai.  Tiene 33 años.  Sé que voy a un perpetuo destierro y que tarde o temprano me contagiaré de la lepra.  Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo”.

Le acompaña el obispo Maigret que en su breve y fugaz visita presenta a Damián como “uno que será un padre para ustedes, y que los ama de tal manera que no tiene vacilaciones en volverse uno de ustedes, vivir y morir con ustedes”.

En esta colonia de desolación, la calma, el diálogo, la paz, la concordia, no existen.  El estado de todos los ahí internados está destrozado.  Los leprosos se enfrentan unos a otros en continuas disputas verbales y físicas.  La lucha por sobrevivir es cruel y cruenta.

El gobierno es negligente en la provisión de recursos, en el apoyo médico y farmacéutico. Entiende que la falta de asistencia facilitará la solución final de los enfermos.

Y así, ante éso, se encuentra Damián.  Con sus manos, sus capacidades de amor y caridad hacia todos, con su oración profunda, con su fe inquebrantable en un Dios que proporciona siempre razones para vivir.

Su primer objetivo:  construir una iglesia que albergue el mayor tesoro,  la Eucaristía.  Así entre los menos quebrantados y él, se levanta el templo de Santa Filomena.

Soy ahora sacerdote encargado de una parroquia excepcional de 800 leprosos, de los que la mitad, más o menos, son católicos”.

A la vez, programa y realiza el pintado y adecentamiento de casuchas y cabañas donde se esconden y refugian hombres, mujeres y niños deformados y  comidos por la lepra.  Les hace salir de sus nefastos escondrijos y les incentiva para laborar la tierra, criar animales en pequeñas granjas que les den alimento, leche, huevos.  Les enseña las normas elementales de higiene y limpieza.  Levanta pequeñas y endebles escuelas para niños y jóvenes.  Da esperanza al infierno de la desesperación.  Limpia, cura, consuela, anima, catequiza, evangeliza, y ama.  Esa es su base de actuar, amar y amar sin medida.  Toma entre sus brazos a los desconsolados, a los deformados.  Da voz a los sin voz.  Construye paciente, animoso, una comunidad  donde, mes a mes, va reinando poco a poco la convivencia entre esas gentes que antes se odiaban.  Heme aquí en medio de mis queridos leprosos.  Son verdaderamente horribles a la vista, pero tienen un alma que ha sido rescatada  al precio de la Sangre Adorable de nuestro Divino Salvador.  También El en su Divina Caridad consoló a los leprosos”.

Damián no para.  Invierte todo su ser y tiempo en el amor hacia ellos.  Hay mucho bien que hacer durante las visitas a domicilio, yendo de una cabaña a otra, casi todas habitadas por pobres desafortunados que no pueden siquiera moverse por tener a menudo las manos y los pies comidos por esta terrible enfermedad”.

Escribe a los gobiernos de Alemania, Estados Unidos, Bélgica, Francia.  Les hace conocer la realidad de estas personas que no se consideran ya personas.  Reclama fondos para adquirir vendas, compresas, antisépticos, ropas de camas, mudas, alimentos.  No importa que el cuerpo se vaya volviendo deforme y feo, si el alma se va volviendo hermosa y agradable a Dios”.

Insiste en su plegaria al Altísimo.  Al pie del altar podemos encontrar la fuerza necesaria en nuestra soledad.  Saco fuerzas de la Eucaristía, de la oración constante con un Dios que nos espera tras el sufrir”.

Y así sigue Damián durante 16 años.  Los últimos 16 años de su vida.  En diciembre de 1884 tiene 44 años.  En su diario lavado de pies “no siento hoy ya ningún calor ni frío en mis extremidades.  Estoy contagiado de lepra.   Señor!, por amor a Ti y por la salvación de estos hijos tuyos acepto esta terrible realidad.  La enfermedad me irá carcomiendo el cuerpo, pero me alegra pensar  que cada día en que me encuentre más enfermo en la tierra estaré más cerca de Ti para el cielo.  Acepto esta enfermedad como mi cruz especial”.

Y así es.  La piel  y la carne empiezan a caerse como a los otros.  La fatiga hace presa de él.  Pero sigue curando, limpiando, aseando, cuidando incansable a sus compañeros..  Multiplica su presencia para todos y entre todos.   Hasta el momento me siento feliz y contento y si me dieran a escoger la posibilidad de salir de aquí curado, respondería sin dudarlo: me quedo toda la vida con mis leprosos”.

El 23 de marzo de 1889 le fuerzan a entrar en cama por primera vez, pues desde que llegó a Molokai duerme en el suelo sobre un colchón de paja.  El día anterior, leproso él y leprosos todos, han terminado de rehacer en mampostería el campanario de Santa Filomena, hundido meses antes por un huracán.  Ya no puede siquiera incorporarse.  Su garganta y pulmones no funcionan porque apenas existen.

El 15 de abril de 1889 entra en agonía y se va.   Tiene  49 años.

Es enterrado a la sombra de un árbol pandano, al costado de la iglesia que él ha levantado.

En 1936 sus restos se trasladan a Bélgica, donde reposan en la cripta de los Sagrados Corazones de Lovaina.

Beatificado por Juan Pablo II en Bruselas el año 1995,  es declarado santo y canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009, en Roma.

El padre Damián,  San Damián ya, es patrono y protector de los marginados, de los leprosos y de los enfermos de Sida.

 José Ramón González.