La «mesa - camilla» de Dios
Cuando en una casa ha fallecido un
ser querido los recuerdos se agolpan en la memoria. Especialmente evocadores
son los lugares de la casa, en los que tantas veces hemos visto su presencia
aquí o allí, en éste o en aquel lugar...
De una manera especial, a la hora de
comer, notas el lugar donde se sentaba.
Era el lugar íntimo, en el que compartías la comida, la conversación...
Esta ley de vida, por la que pasamos
muchos, se puede aliviar sólo con la mirada de fe: se trata de una ausencia
temporal... Nos volveremos a ver para
siempre...
Pero es muchísimo más dura cuando la
ausencia no es natural, por la muerte, sino que se trata de un abandono
imprevisto, de una negativa a vivir con la familia...
Este desgarrón, que tanto hace
sufrir a los humanos, no puede faltar en la «casa del Padre». Él tiene también su «mesa-camilla» en
Si los padres de la tierra aman a
sus hijos, ¡cuánto más los amará el Padre del Cielo!
¿Por qué nos cuesta tanto creer en
el Amor del Padre? ¿Por qué no vivimos con más ilusión? No con ilusión
fantástica, sino con la certeza que nos da Cristo en su Evangelio. Nos dice con
frecuencia que «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente
—por uno de sus hijos que vuelve a ocupar la silla dejada vacía durante
años— que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de
penitencia». A veces, ante la indiferencia con que vivimos la relación con nuestro Padre Dios,
perece que olvidamos estas palabras del Señor.
¡¡Padre Bueno!! haz que las sillas
de tu «mesa-camilla» se llenen de los que Tú ya sabes, y ayúdanos para
atraerlos con deseo de ir hacia Ti. A veces nos vemos impotentes; pero Tú sabes
muy bien lo que quieres para nosotros.
Como nosotros no sabemos pedir, o
pedimos mal, envíanos tu Espíritu para que ore en nosotros y vivamos como
verdaderos hijos tuyos.
De todo corazón,
Rosario