EL AMOR A LA IGLESIA,

¿PARA CUÁNDO?

 

Al hablar o escribir de la Iglesia, uno quisiera tener palabras ardientes como dardos de fuego. Unas palabras que llegaran al corazón, se clavaran y contagiaran amor por la Iglesia Esposa y Madre. Pero es difícil. Lo confieso. Habría que ser santo y tener esa pasión de amor por Cristo y su Iglesia, que ellos albergaban en su corazón y vivían. Es difícil también porque a la Iglesia se la suele mirar con ojos un tanto superficiales, como una institución con estructuras complejas, pesadas, anticuadas...; además, parece como si hablar de la Iglesia y aún más del amor a la santa Iglesia, fuera algo del pasado.

Lo sabemos todos: en muchas ocasiones y sobre todo en los medios de comunicación, si hoy se habla de la Iglesia, es para criticarla. ¡Y qué ácidamente! ¡Con qué poca piedad y consideración! ¡Con cuánta acritud! También entre los que nos decimos católicos. ¡Qué lejos estamos de ese amor fuerte y fiel que sabe y reconoce que la Iglesia es ante todo misterio de amor esponsal y materno. Qué pena. Pero claro, no se pueden pedir peras al olmo.

 

¿Visiones miopes, torpes, equivocadas?

A tenor de las encuestas y estudios de opinión pública, se pone de relieve que las instituciones sociales de toda la vida, llámense familia, Estado y sus organismos, poder judicial y legislativo, partidos políticos, sindicatos, ejércitos o fuerzas armadas no tienen muy buena imagen, que digamos. En un escalafón, el ejército y la Iglesia están en los últimos peldaños de valoración. ¿Es eso razonable?

Por el contrario, organizaciones de reciente cuño, sin el aval del tiempo que purifica de la escoria y asienta y consolida los valores de la genuinidad, tales como las ONGs y similares, nuevos movimientos sociales o agrupaciones más espontáneas, etc., éstas sí parecen gozar de aprecio y defensa social y de más y mejor aceptación. Y se las favorece, además; a la Iglesia, no ¿Por qué será?

Digamos que para el hombre de la calle, la Iglesia, en particular la Iglesia católica es una institución poderosa que posee un considerable número de edificios, tiene formas extrañas, y siempre dice «no». ¿No es así?

Todo esto se hace más incomprensible, si tenemos en cuenta que en el siglo pasado, todavía reciente, se le llamó el siglo de la Iglesia, al menos en el ámbito del mundo cristiano católico.

 

El siglo de la Iglesia

En los años 1962-1965 se celebró el Concilio Vaticano II. Este Concilio tuvo una resonancia particular y positiva en el mundo en general. En la Iglesia especialmente se vivió un acontecimiento de gracia y del Espíritu, de renovación significativa interiormente y de reactualización de ciertos contenidos y sobre todo de lenguaje y de imagen de cara al mundo contemporáneo.

Con sinceridad, la Iglesia se revisó a sí misma de cara a Cristo y se purificó en vista de un servicio más ágil y aquilatado, fraterno y misericordioso al hombre de hoy. Y fue valiente. Ni el poder temporal ni los oropeles de este mundo configuran y dan sentido a la Iglesia, y por eso, los consideró como lo que son, un lastre que le impedía aparecer y ser servidora del hombre, de todo  hombre, acercándole la Verdad y la Vida de Jesucristo, imagen perfecta del hombre y su único salvador. Aquella Iglesia conciliar quiso ser plenamente fiel a su Maestro. Y por eso aquel Concilio fue importante y decisivo.

La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según la imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol (Catecismo de la Iglesia Católica, número 748). Por eso, el documento más importante de ese Concilio, Lumen Gentium, empieza precisamente así: Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf Mc 16,15), con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia.

Este texto es parte del número 1 de dicho documento, cuyo primer capítulo se titula precisamente El MISTERIO DE LA IGLESIA. Qué lejos parece que estamos de verla así y de tratar de entender un tal misterio. ¿Quién ve a la Iglesia como depositaría de los misterios de Dios, su guardiana y fiel transmisora, Esposa de Cristo, Madre y Maestra?

Pues bien. La Iglesia sólo desea una cosa: continuar bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (Juan Pablo II).

 

La urgencia del amor

Sin tardanza, hemos de recuperar ya la auténtica visión de la Iglesia y el amor que a ella le debemos. Esto nos hará auténticos católicos. Fuertes en la fe, porque unidos en un solo cuerpo: el de Cristo, capaces de vivir en Iglesia y como Iglesia que somos. ¿O acaso los fieles somos un apéndice de ella? Terminaré con palabras prestadas pero ungidas de amor filial a la Iglesia: ¡Iglesia! Una palabra, tantas veces pronunciada, tantas veces repetida, tantas veces quizá olvidada,  tantas veces poco valorada.  ¡Iglesia! Realidad que se impone en la historia, desde hace veinte siglos, porque no es humana en su origen ni su destino termina en el tiempo. Iglesia de hombres, frágil, tocada de pecado, hermosa en tantos santos, afeada en tantos pecadores, gloriosa, santa, sin mancha ni arruga, en la mente del Padre, en el Corazón del Hijo, en el aliento vivificador del Espíritu.

Iglesia virgen, nacida y configurada en el seno mismo de la Trinidad. Iglesia amada, porque Cristo la amó y se entregó por ella. Iglesia esposa, unida en alianza perpetua con el redentor de  los hombres. Iglesia maestra, que nos enseña el camino hacia el Padre. Iglesia madre, que nos engendra en el bautismo por obra del Espíritu.

¡Iglesia misterio! En ella se abrazan el cielo y la tierra, como hermanos gemelos, mejor, como esposos de sangre. Por ella cruzan las ráfagas divinas de la gracia, y corre, vivificadora, la sangre redentora del Cristo. En ella se ven también las llagas y las heridas de las miserias humanas. Por ella la sangre de Cristo vivifica la historia. Por ella y en ella, el Redentor del mundo continúa ofreciendo a los hombres, mediante hombres, el don de su salvación (F.Rodero - A. Izquierdo, En la escuela de la Iglesia, Edicep, pp.15,16).

Santa Teresa del Niño Jesús lo descubrió y vivió de un modo espléndido: Entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor... En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado (Autobiografía).

 

Gregorio Rodríguez, cpcr