GUIADOS POR EL
ESPÍRITU
En el último número dejamos la pluma
al Papa Juan Pablo II, para que nos explicase los
tres primeros dones del Espíritu Santo, Sabiduría, Inteligencia y Ciencia. En
el presente continuaremos en su escuela, para comprender mejor los cuatro
restantes. Así podremos ver cómo toda nuestra vida puede ser conducida por el
Espíritu Santo, si previamente nos ejercitamos con su gracia en la práctica de
las virtudes. Nos serviremos de nuevo de el resumen
hecho en www.corazones.org, suprimiendo por cuenta nuestra algunas líneas, para poder
introducir lo más esencial en las tres páginas de que dispone esta sección.
Don de Consejo:
Continuando la reflexión sobre los
dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da
al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones que la vida diaria le
impone. Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no
pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos
valores, es la que se denomina «reconstrucción de las conciencias». Es decir,
se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que
fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las
pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos. El don de
consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es
lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma (cfr
San Buenaventura, Collationes de septem donis Spiritus
Sancti, VII, 5). La
conciencia se convierte entonces en el «ojo sano» del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias
a la cual le es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada
circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado
por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en
especial de los que manifiesta el sermón de la montaña (cfr
Mt 5-7). Por tanto, pidamos el don de consejo.
Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de
S.S. Juan Pablo II,
Catequesis sobre el Credo, 7-V-89
Don de Fortaleza:
En nuestro tiempo muchos ensalzan la
fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la
violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad,
especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las
pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente
circundante. Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria
la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre
las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud
de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber. Quizá
nunca como hoy, la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser
sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un
impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como
el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en
la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar
ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre
incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.
Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemani, «la
debilidad de la carne» (cfr Mt
26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana
sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del
Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el
camino del bien. Pidamos a María, a la que ahora saludamos como «Regina caeli», nos obtenga el don de la fortaleza en todas las
vicisitudes de la vida y en la hora de la muerte.
S.S. Juan Pablo II,
Catequesis sobre el Credo, 14-V-89
Don de Piedad:
1. La reflexión sobre los dones del
Espíritu Santo nos lleva, hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad.
Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo
abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. La ternura, como
actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La
experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas
dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para
obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha
exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con
Dios, experimentado como Padre providente y bueno. La ternura, como apertura
auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con
el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de
amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la
misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe
ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia
de Dios, que es
Invoquemos del Espíritu Santo una
renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de
María, modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien
S.S. Juan Pablo II,
Catequesis sobre el Credo, 28-V-1989.
Temor de Dios:
1. Hoy deseo completar con vosotros
la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El último, en el orden de
enumeración de estos dones, es el don de temor de Dios.
Es el sentimiento sincero y trémulo
que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente
cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser
«encontrado falto de peso» (Dn 5, 27) en el juicio
eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante
Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado» (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la
propia salvación «con temor y temblor» (Flp, 12). Sin
embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y
de fidelidad a su ley. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva
con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que
nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo
divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de
la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin
embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor
filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a
Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de «permanecer» y de crecer en
la caridad (cfr Jn 15,
4-7). De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios,
depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la
humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos.
Invoquemos al Espíritu Santo, por
intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste o “se conturbó” (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad
que se le confiaba, supo pronunciar el “fiat” de la
fe.
S.S. Juan Pablo II,
Catequesis sobre el Credo, 11 -VI-1989.