¡FAMILIA, SÉ LO QUE ERES!
Este grito lúcido y profético de Juan
Pablo II en su Exhortación apostólica Familiaris consortio,
(22-XI-1981) tiene hoy una actualidad mayor aún.
La familia de siempre, la de toda la
vida, esa que no necesita apelativos ni distintivos, ha venido sufriendo
incisivos ataques y contraataques. Éstos, más que favorecer su buen desarrollo
lo han entorpecido: han entrado en ella a saco, casi sin disimulo, con mucho
descaro, y han ido minando sus cimientos, su estructura, su ser y bien hacer
social y eclesial. Y ahora, frágil y con poco nervio, hasta las mismas leyes
sociales desfavorecen su desarrollo. Más aún, intentan con alevosía que
desaparezca ya como una antigualla, que ni sirve como restos de un pasado
glorioso. ¿Por qué tanta fobia?
¿Qué tiene la familia para que así sea atacada? ¿Es acaso un cáncer que produce metástasis
en el cuerpo social? Quien esto piense o crea, personas e instituciones
sociales o poderes públicos, no sólo están muy equivocados, sino que sus mismos
juicios los juzgan: esos tales son los realmente enfermos, deformados
culturalmente y con una miopía galopante. Están atacando sus propias raíces.
¿No caen en la cuentan de que se hunden?
Digámoslo: sólo quien ama con pasión
humana y cristiana entiende y puede vivir lo que es y está llamada a ser la
familia, que
Está
claro que nadie se ha inventado la familia. Nadie la ha “creado” como un
capricho apasionante o como un modo de vivir que facilita y favorece muchas
cosas para quienes la forman… Y cuando se “gasta” se tira.
El “Evangelio” de la familia es otro.
Es éste: Queridos por Dios con la misma creación, matrimonio y familia están
internamente ordenados a realizarse en Cristo y tienen necesidad de su gracia
para ser curados de las heridas del pecado y ser devueltos “a su
principio”, es decir, al conocimiento
pleno y a la realización integral del designio de Dios. Tal es el pensamiento
de
La familia, matrimonio, padres,
hijos, abuelos o ancianos es lugar sagrado: allí surge y
se desarrolla y se entrega el amor creativo y “creador”; allí se
construye la comunidad de vida y amor más verdadera, humana y divina; allí
se aprende el servicio solidario más fraterno y genuino; allí nace,
crece y madura la persona en auténtica libertad y responsabilidad; allí
desarrollan los sentimientos y afectos de cariño, de relación, de amistad, de
respeto mutuo y pacificador; allí la masculinidad y la feminidad se
autentifican y ordenan en lo que son y
para lo que son; allí se trabaja y se aprende a trabajar y a descansar; allí
se aprende a sufrir, a resistir, a ser generosos, y también a morir rodeado de
afecto; allí se aprende a ser sociable y a hacer sociedad, bien común,
justicia; allí se vive y se aprende, -lo que es más importante aún-, a
rezar, a amar a Dios y a los demás; se aprende allí la vida y a tomar
conciencia de que uno no es un absoluto: viene de otros, es para los otros y
viene y va a Otro. La familia es la más alta, sublime e insustituible escuela
de la vida, de la persona, de la sociedad y de
Dejemos de quejarnos y empecemos a
ser la familia que estamos llamados a ser. Dios la ha creado para amar y
Jesucristo la ha hecho suya para que ame bien, más y mejor. Con sus
sacramentos, su enseñanza y su defensa,