Conclusión
de la primera serie
Concluyo
esta primera serie de cartas, cuyo objetivo propuesto era definir el porqué y
el para qué del discernimiento espiritual e iniciar en el mismo, para ayudarles
«a comportarse de una manera digna de la vocación que habéis recibido» (Ef
4,1b).
Liberarnos
del ambiente y del autoengaño
Somos hombres o mujeres cristianos
por don de Dios. Debemos realizar este proyecto. Tenemos la posibilidad y los
medios para ser, crecer y obrar como hombres o mujeres cristianos. Pero
teniendo todo a disposición podría darse que no madurásemos lo que poseemos
como semilla, por dejarnos vencer con las falsas actitudes del ambiente que nos
llenan de contaminación, dándonos gato por liebre y/o por construirnos en el
autoengaño, habituándonos a dejarnos llevar por nuestras emociones instintivas
que se determinan a favor de lo que gusta o es cómodo, y en contra de lo que no
nos agrada o incomoda, dando así en la vida palos de ciego. Debernos evitar tal
desventura.
El
mal existe, me seduce,
pero Cristo me
ofrece
Es necesario, entonces, abrirse a la
verdad y no es fácil, ya que hay una realidad innegable: el mal existe, me
seduce y se me impone. De tal manera podríamos decir con San Agustín que «es
grande la distancia que me separa de mí mismo».
Sin embargo, afirma Jesús: «Conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Debemos caminar en
El Padre nos hace hijos suyos a
través de su Hijo Único Jesucristo; por lo tanto sólo mirando a Jesús podremos descubrir
nuestra manera de ser hijos, nuestra manera de amar. Sólo Jesús es una persona
completa, madura en todos los aspectos: porque siempre ha dicho «sí» al Padre.
El
discernimiento nos ayuda
a encontrar la voluntad de
Dios
Para construir bien nuestra vida
necesitamos, por lo tanto, el discernimiento espiritual que nos ayuda a hallar
la voluntad de Dios sobre nosotros: lo que debemos hacer o evitar; y
precisamente en esta conformidad con el beneplácito divino está la santidad.
Adquirimos así la forma de Cristo «de manera que por él decimos ‘Amén
a Dios para gloria suya’» (2 Co 1, 20).
Son abundantes las exhortaciones del
Antiguo Testamento a que vivamos en discernimiento, hemos seleccionado algunas
referencias bíblicas en las cartas. Sobre todo nos hemos centrado en que, como
bautizados, debemos ser una nueva creatura en el Espíritu. La vivencia del
bautismo depende de la relación con el Espíritu de Cristo. Es a Él a quien tenemos que obedecer
sabiendo lo que desea para nosotros en cada momento de la vida, como lo hizo
María, la humilde-docilidad, receptiva y acogedora de
El
Espíritu Santo es el abogado
que nos prometió Jesús
Todos los cristianos hemos recibido
el don del Espíritu Santo para descubrir la voluntad de Dios; no necesitamos en
cada momento recurrir a los profetas, como en el Antiguo Testamento, para saber
lo que quiere Dios, ya que todos somos profetas por el bautismo.
Dios no está en silencio, sigue
hablando más allá de lo que dice
Discernimiento:
amor que busca la voluntad de Dios
desde la afectividad
Nuestro ser persona cristiana se realiza
en la elección libre por Dios y por los hombres; por la filiación en relación
con Dios y por la fraternidad en relación con todos los hombres. Y esto es obra
del Espíritu que va madurando la libertad humana en un proceso ilimitado de
asimilación de la voluntad del Padre a semejanza de Jesús. Si Jesús es persona
en cuanto es pura relación al Padre, nosotros lo somos porque estamos llamados
a participar en esta relación. Por eso, siempre está abierta la posibilidad de
frustración de nuestro ser, al replegarnos sobre nosotros mismos. De ahí la
importancia del discernimiento espiritual como el amor que busca la voluntad de
Dios sobre cada uno, no desde la fría racionalidad, sino desde la afectividad
de un corazón que ama sinceramente a Dios, que se siente atraído por Él y su
plan de amor.
Maestros
del discernimiento
En la tradición monástica de los
primeros siglos la doctrina del discernimiento ha sido muy desarrollada. Entre
ellos: San Basilio, San Gregorio Nazianceno, los Padres del desierto, Juan Casiano,
Juan Clímaco... Por eso, he incluido algunos párrafos de algunos de los
mismos, en los subsidios para profundizar.
Con la gracia ordinaria y poniendo
los medios a nuestro alcance: la oración, la humildad, la libertad interior, la
pureza del corazón, la experiencia, el estudio y con la ayuda de un buen
acompañante espiritual, nos abriremos en docilidad al Espíritu Santo. ¿Cómo en
concreto?
Criterios
para discernir
Para iniciarse en el cómo discernir
es necesario tener en cuenta lo siguiente: «Presupongo tener en mí tres
pensamientos: uno propiamente mío, el cual surge de mi libertad y voluntad, y
otros dos que vienen de fuera. Unos sugeridos por el buen espíritu; los otros
por el malo», dice San Ignacio en el librito de los Ejercicios. Esta oposición
entre «uno propiamente mío, el cual surge de mi libertad y voluntad» y los «que
vienen de fuera» es importante para precisar la responsabilidad, el mérito o la
culpabilidad; en mi libertad consiento o no consiento, quiero o no libremente.
Soy libre para elegir lo verdadero. Pero para la vida espiritual esta oposición
no es tan clara. El buen y el mal espíritu habitan nuestro interior. Debemos
actuar «como si» sólo hubiera dos espíritus y apreciar el sentido religioso:
¿a dónde nos lleva lo que sentimos? Los efectos, ¿cómo me dejan? ¿Y los
contrastes? ¿Qué diferencia noto entre las mociones que se dan en mí?
Tres
fases en el discernir:
sentir, conocer y actuar
Discernir es un proceso, un arte,
una actitud de vida y, principalmente una gracia a pedir; pero implica unos
elementos constitutivos, son las tres fases para discernir: sentir (detectar
los movimientos interiores), conocer (distinguir dichas mociones) y actuar,
recibiendo y secundando la voluntad de Dios y rechazando la del enemigo,
que está detrás de las mociones.
El examen de conciencia espiritual
es el medio personal, la metodología concreta, para practicar y madurar en
este discernimiento, que es esencial, porque es la vida espiritual misma.
Del
amor «necesario»
hasta el amor de
«identificación»
El amor no es tacaño y busca
corresponder todo lo posible, en todo momento y en todo lugar, y si no
alimentamos el fuego del amor se va apagando y crecemos en el egoísmo. No basta
conformarnos con cumplir los mandamientos, que nos hace vivir del amor
necesario para la salvación y la vida de gracia. Jesús nos advierte: «Vosotros
sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14) y en verdad es un
amor capaz de llevarnos al martirio. Santa María Goretti y Santo Tomás Moro son
ejemplos de esto. «Antes morir que cometer un pecado mortal» fue el lema de
algunos santos: sin embargo, el dinamismo de la vida cristiana, el impulso
vital dado en el bautismo, nos lleva a un amor mayor.
Si queremos sintonizar con Cristo
estamos llamados al amor generoso de los fervorosos, de los amigos,
hasta el amor de identificación. Jesús mismo nos precisa: «No os
llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he
llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os los he dado a
conocer». Se está así en la misma sintonía de Cristo. No se busca vivir al
propio modo, sino a la manera de Dios para agradarle siempre y en todo tiempo,
-se busca hacer nuestros los gustos de Cristo, a empalmar sus deseos con los
propios.
De
la «autopista» al
«carril concreto» a utilizar
Los mandamientos nos indican la
autopista para entrar en el amor de Dios, pero el discernimiento nos muestra el
carril que debemos utilizar en cada momento.
La terminación de esta publicación,
más que una conclusión, es el prólogo para la siguiente. En la próxima serie de
cartas, iremos armando el «botiquín de primeros auxilios», con las indicaciones
necesarias para detectar en concreto la invitación de Dios y la seducción del
enemigo y actuar en consecuencia.
Finalmente hago mía la súplica de
San Pablo: «Que Dios os haga conocer perfectamente su voluntad, y os dé con
abundancia la sabiduría y el sentido de las cosas espirituales. Así podréis
comportaros de una manera digna del Señor, agradándolo en todo, fructificando
en toda clase de obras buenas y progresando en el conocimiento de Dios» (Col 1,
9a-10).
Hugo-Nazareno Massimino, cpcr