Una nueva vida, ¡qué regalo del Señor!
¡Qué grande es el Señor! Aún con
nuestras miserias, vuelve a confiar en nosotros. Nos da otro hijo, que antes
que nuestro, ya era suyo, de ahí su grandeza; y nos vuelve a pedir que «Le
acojamos» en nuestra familia: de nuevo deposita su amor en nosotros.
Además de un subidón de alegría,
también nos invade una sensación de vértigo, porque no sólo es «acogerle», esperando
a notar sus primeras patadas, a observar sus movimientos de forma increíble a
través de una ecografía, no solo es imaginar como será su cara, ni elegir un
nombre que le dé personalidad..., no solo es esperar al instante en el que sale
de mis entrañas, le tocas y notas la vida a través del calor de su cuerpo, no
solo es disfrutar con su sonrisa o emocionarte con sus palabrejas
incomprensibles... y es que no solo es esperar de él, gran parte de él será lo
que tú le des, de aquí mi necesaria entrega, mi abnegación a mis deseos y
apetencias —como lo hizo María. Un SÍ en todo su sentido y sin reservas
—; este nuevo hijo no viene para llenar esos huecos que deja nuestro bagaje
afectivo en nuestro corazón, para esto ya nos entregó Dios a Jesús, para
despreocuparnos de nosotros mismos y para que pudiéramos entregarnos a su
voluntad, con alegría y no sólo resignación y en este caso entregar mi vida una
vez más a esta pequeña vida que está al llegar.
En estas últimas cinco Navidades he
tenido la fortuna de vivirlas con un hijo en mi interior —si echas un pequeño
cálculo mental, no se trata de un embarazo eterno, sino que en estos últimos
años he tenido un hijo al año— ahora espero el quinto y se acercan unas fechas
en las que se me permite darme cuenta de que nada me ha de preocupar ni angustiar,
porque al igual que llega un/a nuevo/a «Páramo-Parrilla» para darnos más
trabajo y agotarnos, también viene El Señor para consolar mis tristezas,
reconfortarme en mi cansancio y cargar con mi «dulce carga», por lo
tanto ya sólo he de ocuparme por colmarle de amor. Este que llega, viene
donado, regalado por Dios, él no es responsable de hacerme feliz, no es una
posesión.
Seré responsable de dar lo máximo por
su felicidad, mi vida tiene que ser una entrega total, pero este desprendimiento
no es sinónimo de angustia, porque mi vida dejo de sentirla mía, ya era de Dios
y ahora esto deja de estar latente para ser palpable. ¡Que liberación! Porque
es aquí donde coge todo su sentido y deja de estar vacía. Cuando vives en la
desconfianza, todo esto parece una contradicción ¿Cómo se puede ser feliz con
una vida de guardia las 24 horas del día? Pero no hablo de una resignación,
porque es lo que me ha tocado..., ni siquiera es un ¿Qué le voy hacer? Si es lo
que Dios me ha dado. Para mí entregar mi vida a la voluntad de Dios significa
vivir en una confianza absoluta y esto ayuda a llevar todo con paz, aunque mi
casa sea un campo de batalla casi a todas horas, entre llantos, pataletas,
gritos, castigos... porque cuando llega la calma, es decir a partir de las 9 de
la noche, puedo decir que aún con todo este caos y agotamiento, soy feliz, y
termino el día siempre recordando con Saulo alguna anécdota de ellos, que más
que enfadarnos, nos arranca una carcajada que será el hilo para la sonrisa del
día siguiente.
Mi entrega es mi vocación y desde que
soy madre, sé que mi entrega es dejarme morir. Un hijo es una oportunidad para
hacerme barro y dejarme moldear por Dios y abandonarme en Él. Esperar un hijo
no es otra cosa que una inyección de esperanza, una etapa que te permite
prepararte para un nuevo milagro que viene, al igual que ocurre en el adviento
donde procuramos quitar las telarañas de nuestro corazón para cuando llegue
pueda descansar en nosotros.
Al esperar a Jesús y a este bebé,
Dios deposita en mí su amor y a mí sólo me queda dejarme vencer, renunciar y
entregar mi vida.
Lucía Parrilla. Madre de familia
numerosa.