DE LA SOLEDAD

A LA COMUNIÓN DE PERSONAS

 

Con el último número, hemos entrado en la escuela de Juan Pablo II, no para seguirle paso a paso en sus análisis de los primeros capítulos del Génesis, con los que trata de fundar una teología del cuerpo, análisis que para nuestros lectores resultarían excesivamente minuciosos y a veces de difícil comprensión, aunque realmente muy interesantes, sino para recoger aunque sea sucintamente las conclusiones a que cree poder llegar. Éstas pueden agruparse en torno a algunos temas mayores. Comencemos con el de la soledad.

 

El punto de partida

“El punto de partida de esta reflexión, dice nuestro maestro, nos lo dan directamente las siguientes palabras del libro del Génesis: «No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él’ (Gen 2, 18). Y comenta, “es Dios Yahvé quien dice estas palabras. Forman parte del segundo relato de la creación del hombre y provienen, por lo tanto, de la tradición yahvista. Como hemos recordado anteriormente, es significativo que, en cuanto al texto yahvista, el relato de la creación del hombre (varón) es un pasaje aislado (Cf. Gn 2, 7), que precede al relato de la primera mujer (Cf. Gn 2, 21-22). Además es significativo que el primer hombre (‘adam), creado del «polvo de la tierra», sólo después de la creación de la primera mujer es definido como varón (‘is). Así, pues, cuando Dios-Yahvé pronuncia las palabras sobre la soledad, las refiere a la soledad del «hombre» en cuanto tal, y no sólo del varón.”

 

Solo frente a Dios

A propósito de la soledad del hombre –no sólo del varón- sorprende que el Papa utilice repetidas veces la expresión “frente a Dios” -: “el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad”, “el hombre se encuentra solo frente a Dios”, “soledad frente a Dios mismo”, “la misma soledad metafísica, frente a Dios y al mundo”-, sin decirnos explícitamente que se siente y sabe muy distinto de Dios, y que éste es el primer y más fundamental aspecto de su soledad. Quizá sea porque la cosa resulta de cajón. Ya que, con anterioridad, antes de declarar su soledad, Dios mismo nos ha hecho comprender que el hombre es un ser racional y libre, responsable de su conducta, al imponerle el precepto de no comer del fruto del árbol del bien y del mal, so pena de morir, y estableciendo así, como dice el mismo Papa, “las condiciones de la primera alianza con el hombre”.

De hecho Juan Pablo II nos dirá al respecto: “El hombre está solo: esto quiere decir que él, a través de la propia humanidad, a través de lo que él es, queda constituido al mismo tiempo en una relación única, exclusiva e irrepetible con Dios mismo. La definición antropológica contenida en el texto yahvista se acerca por su parte a lo que expresa la definición teológica del hombre, que encontramos en el primer relato de la creación: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza» (Gen 1, 26).”

Esa relación única hombre-Dios no suprime, notémoslo, sino que supone la distinción entre ambos en la que consiste la soledad del primero “frente a Dios”.

Sea como fuere, es claro que, tras esa primera experiencia de soledad “frente a Dios”, el ser humano, en una progresiva conciencia de sí mismo, adquirida al compararse con los demás vivientes creados para ver si son como él, se encuentra solo.

De la soledad a la autoconciencia 

Es Dios quien afirma que no es bueno que el hombre, Adán, la humanidad, esté solo, pero es realmente el hombre quien está solo, quien se siente solo. “Voy a hacerle una ayuda adecuada,” dice Dios. Y Yahvé Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada (Gn 2, 18-20).

La imposición del nombre realizada por Adán significa que tiene la capacidad de conocer y comparar esos animales, vivientes corpóreos, consigo mismo, viviente y corpóreo también. Implícitamente significa además, en la riqueza semítica del verbo conocer, que es superior a ellos y hasta dueño de los mismos. Se comprende que en ellos no encontrase la “ayuda adecuada”. Lo expresa Juan Pablo II con las siguientes palabras: “El texto yahvista nos permite, descubrir incluso elementos ulteriores en ese maravilloso pasaje, en el que el hombre se encuentra solo frente a Dios, sobre todo para expresar, a través de una primera autodefinición, el propio autoconocimiento, como manifestación primitiva y fundamental de humanidad. El autoconocimiento va a la par del conocimiento del mundo, de todas las criaturas visibles, de todos los seres vivientes a los que el hombre ha dado nombre, para afirmar frente a ellos la propia diversidad. Así, pues, la conciencia revela al hombre como el que posee la facultad cognoscitiva respecto al mundo visible.”

Toma de conciencia a través de su condición corporal

Después Juan Pablo II afirmará que esa toma de conciencia se realiza a través de su condición corporal. Es como si dijese que el hombre, conociendo a cada animal a través del cuerpo del mismo y asignándole el nombre que lo define, vuelve cada vez su mirada hacia su propio cuerpo, para constatar que él, “cuerpo entre los cuerpos” –expresión del Papa- es sin embargo diferente y superior a todos ellos, porque capaz de conocerse a sí mismo conociéndolos y porque, conociéndolos, es dueño y señor de los mismos. Lo sintetiza el Papa con las siguientes palabras: “El análisis del texto yahvista nos permite, además, vincular la soledad originaria del hombre con el conocimiento del cuerpo, a través del cual el hombre se distingue de todos los animales y «se separa» de ellos, y también a través del cual él es persona. Se puede afirmar con certeza que el hombre así formado tiene simultáneamente el conocimiento y la conciencia del sentido del propio cuerpo. Y esto sobre la base de la experiencia de la soledad originaria.”

Esto, sin hablar de otras capacidades propias de su condición de persona, como la de cultivar la tierra –aunque a ésta no hayamos hecho alusión-, la de poder autodecidirse responsablemente obedeciendo o desobedeciendo a Dios; y previamente, la de conocerle como Creador y Dueño supremo del universo y de sí mismo, con superioridad para poderle imponer una norma de conducta y el gravísimo castigo de la muerte, si no quiere someterse a ella.

 

Otro aspecto de la primitiva soledad humana

En este punto Juan Pablo II inserta unas reflexiones sobre otro aspecto de la soledad humana que puede deducirse precisamente del texto de Génesis 2, 17, a saber, la alternativa entre muerte e inmortalidad.  Reflexiones que concluye: “Para no prolongar más este análisis, nos limitamos a constatar que la alternativa entre la muerte y la inmortalidad entra, desde el comienzo, en la definición del hombre y pertenece «por principio» al significado de su soledad frente a Dios mismo. Este significado originario de soledad, penetrado por la alternativa entre la muerte y la inmortalidad, tiene también un significado fundamental para toda la teología del cuerpo.”

 

De la desilusión al júbilo

La conclusión decepcionada del primer hombre será obviamente que no puede encontrar remedio a su soledad en ninguno de los otros seres corpóreos hasta entonces creados.

Es entonces cuando Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, que se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos  y carne de mi carne. Ésta será llamada mujer -“varona” traducen algunos, para acercarse más al texto original que dice “issah”, derivado de “is”-,  porque del varón ha sido tomada.” Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (Gn 2, 21-24).

Ahora sí, el hombre supera la soledad. Y prorrumpe en esa exclamación jubilosa, en la que todo su ser se expresa y vibra afectivamente, al captar la unidad esencial con la diversidad y complementariedad de ambos: los dos vivientes corporales, muy bellos, los más bellos entre todos los animales; los dos sintiéndose mutuamente atraídos, como hechos cada cual para el otro; los dos destinados a transformar la propia y común soledad en comunión de personas, hasta la posibilidad de fundirse, sin disolverse, en entrega de amor llegando a ser “una misma carne”, para la propia perfección y para la procreación de hijos, partícipes de la misma naturaleza y portadores en ella de la herencia genética del uno y de la otra, expresión viva y personal de su unidad  en la diversidad.

Así pues, la superación de la soledad no es sólo para el varón, sino también para la mujer; ella también, que de haber existido antes que él, se habría sentido igualmente sola, sin palabras traduce, con toda la expresividad de su ser corporal -podemos estar seguros, aunque el autor del relato bíblico lo silencie-, la misma exclamación de gozo.

 

En comunión a imagen de Dios

Ambos han entrado en comunión interpersonal. Ambos, así unidos, son reflejo de la más alta comunión de personas que pueda existir, la de las Personas divinas. No sin razón, el primer relato de la creación del hombre proclamará: Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó (Gn 1, 27).

Y el Papa verá la misma verdad aunque expresada diferentemente en el texto yahvista: “El hombre se ha convertido en «imagen y semejanza» de Dios no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas, que el hombre y la mujer forman desde el comienzo. (...)  El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es «desde el principio» no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige al mundo, sino también y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas.”

 

José Mª Fernández-Cueto, cpcr.