LA FAMILIA HUMANA,
COMUNIDAD DE PAZ
Siguiendo
la iniciativa de Pablo VI, que en 1967 propuso
el 1 de enero como Jornada Mundial de la Paz, Benedicto XVI ofrece a la Iglesia
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, entre otras, estas oportunas
reflexiones.
Familia natural y familia universal
Al comenzar el nuevo año deseo hacer llegar a
los hombres y mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de paz, junto con
un caluroso mensaje de esperanza. Lo hago proponiendo a la reflexión común el
tema que he enunciado al principio de este mensaje, y que considero muy
importante: Familia humana, comunidad de paz. De hecho, la primera forma
de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una
mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva
familia. Pero también los pueblos de la tierra están llamados a establecer
entre sí relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los
miembros de la única familia humana: «Todos los pueblos —dice el
Concilio Vaticano II— forman una única comunidad y tienen un mismo origen,
puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la
tierra (cf. Hch 17,26); también tienen un único fin último, Dios». (...)
Ámbito para la educación de la paz
En una vida familiar «sana» se
experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor
entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los
padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños,
ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la
disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por
eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha
de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia
cometida dentro de la familia. Por tanto, cuando se afirma que la familia es
«la célula primera y vital de la sociedad», se dice algo esencial. La familia
es también fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias
determinantes de paz. Por consiguiente, la comunidad humana no puede
prescindir del servicio que presta la familia.
(...)
Derechos de la familia
La familia, al tener el deber de
educar a sus miembros, es titular de unos derechos específicos. La misma
Declaración universal de los derechos humanos, que constituye una conquista
de civilización jurídica de valor realmente universal, afirma que «la
familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser
protegida por la sociedad y el Estado». Por su parte, la Santa
Sede ha querido reconocer una especial dignidad jurídica a la familia publicando la “Carta de los derechos
de la familia”. En el Preámbulo se dice: «Los derechos de la persona,
aunque expresados como derechos del individuo, tienen una dimensión
fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia»
(...)
Ayudar a las familias
La familia tiene necesidad de una
casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los
padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos.
Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en
estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz.
Concretamente, los medios de comunicación social, por las potencialidades
educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial en la promoción
del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas y derechos, en resaltar
su belleza.
Valor incondicional de todo ser humano
(...) No se ha de olvidar que la
familia nace del « sí » responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y
vive del « sí » consciente de los hijos que poco a poco van formando parte de
ella. Para prosperar, la comunidad familiar necesita el consenso generoso de
todos sus miembros. Es preciso que esta toma de conciencia llegue a ser también
una convicción compartida por cuantos están llamados a formar la común
familia humana. Hay que saber decir el propio « sí » a esta vocación que
Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza. No vivimos unos al lado de otros
por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino como hombres y,
por tanto, como hermanos y hermanas. Por eso es esencial que cada uno se
esfuerce en vivir la propia vida con una actitud responsable ante Dios,
reconociendo en Él la fuente de la propia existencia y la de los demás. Sobre
la base de este principio supremo se puede percibir el valor incondicionado de
todo ser humano y, así, poner las premisas para la construcción de una
humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una
agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a
formar una gran familia.
Distribución de la riqueza
(...) La familia humana, hoy más
unida por el fenómeno de la globalización, necesita además un fundamento de
valores compartidos, una economía que responda realmente a las exigencias de un
bien común de dimensiones planetarias. Desde este punto de vista, la referencia
a la familia natural se revela también singularmente sugestiva. Hay que
fomentar relaciones correctas y sinceras entre los individuos y entre los
pueblos, que permitan a todos colaborar en plan de igualdad y justicia. Al
mismo tiempo, es preciso comprometerse en emplear acertadamente los recursos
y en distribuir la riqueza con equidad.
(...)
Necesidad de una ley común
Una familia vive en paz cuando todos
sus miembros se ajustan a una norma común: esto es lo que impide el
individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su
coexistencia armoniosa y la laboriosidad orgánica. Este criterio, de por sí obvio,
vale también para las comunidades más amplias: desde las locales a la nacionales, e incluso a la comunidad internacional. Para
alcanzar la paz se necesita una ley común, que ayude a la libertad a ser
realmente ella misma, en lugar de ciega arbitrariedad, y que proteja al débil
del abuso del más fuerte. En la familia de los pueblos se dan muchos
comportamientos arbitrarios, tanto dentro de cada Estado como en las relaciones
de los Estados entre sí. Tampoco faltan tantas situaciones en las que el débil
tiene que doblegarse, no a las exigencias de la justicia, sino a la fuerza
bruta de quien tiene más recursos que él. Hay que reiterarlo: la fuerza ha de
estar moderada por la ley, y esto tiene que ocurrir también en las relaciones
entre Estados soberanos.
(Tomado del archivo informático del
Vaticano)