¿El consumismo
caerá por su propio peso?
En una carta abierta de un
teólogo al Sr. Rajoy le echaba en cara, si bien lo he
entendido, que, en vistas a superar la crisis, propusiese en su programa de
gobierno la austeridad y el ahorro, cuando no hace mucho se nos exhortaba al
consumo. Esto me ha dado qué pensar. En alguna ocasión le he oído a Vd. decir o
he leído, escrito por Vd., que el consumismo se caerá por su propio peso, como
el comunismo se cayó por el suyo. La terrible crisis económica en la que se
encuentra según parece todo el mundo ¿no será el comienzo de esa caída del
consumismo?
F. S. Barcelona
Francamente, como
no soy profeta, no lo sé, pero bien pudiera ocurrir y sería de desear.
Lo que yo pienso
y he querido decir con esas palabras que Vd. cita y son efectivamente mías, es
que el consumismo es inhumano, enemigo del verdadero bien del hombre, violento,
auque pueda parecer lo contrario. Y nada violento puede ser durable; tarde o
temprano se derrumba por su propio peso.
El comunismo era
inhumano, o lo sigue siendo -en la medida en que todavía se aguanta en algunos
países-, con otro género de inhumanidad, salvaje. El peso que derrumba al
comunismo es la supresión brutal de la libertad personal.
En cambio la
inhumanidad del consumismo es menos patente, hasta el punto de hacerse pasar
por el creador de la sociedad de bienestar. Se trata de un inmenso engaño. El
peso del consumismo, como del liberalismo económico en general, es el egoísmo
estimulado de mil formas, hasta el desenfreno de la libertad. Desde sus
orígenes el liberalismo económico estableció como un principio básico que el
egoísmo es más eficaz para el logro del progreso económico que la caridad. Y
durante mucho tiempo la historia ha parecido darle razón. Pero ha sucedido lo
que, tarde o temprano, tenía que suceder. El crecimiento, la perfección, el
bienestar, la felicidad verdadera del hombre no lo da el egoísmo, sino su
contrario, el amor. Porque el hombre ha sido creado para amar y ser amado; amar
a Dios, su Creador y Padre infinitamente amoroso, y para amar a los demás
hombres, sus hermanos y recibir de ellos el correspondiente amor. Ahí está su
verdadero progreso, en el amor que comparte con generosidad y sabe perdonar
injurias y condonar deudas; que no quiere a toda costa el propio bien; que se
alegra del progreso ajeno considerándolo en alguna manera propio,
como en realidad es.
Se ha dicho y
repetido ya muchas veces que la actual crisis económica es ante todo una crisis
moral, consistente más precisamente en un ansia desbocada de enriquecerse más y
más, con el mínimo esfuerzo, con la máxima rapidez, con total desinterés del
bien de los demás.
Se han publicado
cifras astronómicas, hablando de los ingresos de dirigentes y agentes
industriales, comerciales, bancarios, políticos y gobernantes; hemos asistido a
desfalcos jamás igualados en toda la historia. Y entre tanto el número de
pobres y desempleados se cuenta por millones.
Se buscan
frenéticamente soluciones que van siendo descartadas una tras otra. Pero no se
tiene el valor, que sólo el amor puede dar, de condividir,
condividir en todos los niveles, personales,
familiares, autonómicos o regionales, nacionales e internacionales.
Se muy bien, es
claro que, llegados al punto en que se encuentra el Mundo, no sólo España, ni
Europa, ni Estados Unidos, sino el Mundo entero, la solución concreta es muy
difícil. Pero lo que me parece no menos claro es que habrá que encontrar un
sistema económico que respete la verdadera naturaleza del ser humano y fomente
el amor mutuo, no el egoísmo.
«207. Ninguna
legislación, ningún sistema de reglas o de estipulaciones lograrán persuadir a
hombres y pueblos a vivir en la unidad, en la fraternidad y en la paz; ningún
argumento podrá superar el llamado de la caridad. Sólo la caridad, en su
calidad de «forma virtutum» -forma o alma de las
virtudes-puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz, en el
contexto de un mundo cada vez más complejo. Para que todo esto suceda es
necesario que se muestre la caridad no sólo como inspiradora de la acción
individual, sino también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para
afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior
las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. En esta
perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política: la caridad
social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien
de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la
dimensión social que las une.»
Roguemos para que
el Señor tenga compasión de este mundo que le ha dado la espalda y le ayude a
salir del atolladero, poniendo en Él su confianza.
J. Mª.F.C. cpcr.