San Rafael Arnaiz Barón
“Callemos. El ruido de las palabras estorba. Solo Dios”
En el seno de una
familia acomodada, nace el 9 de Abril de 1911.
Es el primer hijo de los cuatro habidos en el matrimonio de Rafael
Arnaiz, Ingeniero de Montes, y Mercedes
Barón, cronista de prensa y crítico
musical.
La espiritualidad de
los padres influye decisivamente en la educación de sus hijos, dos de ellos
religiosos. La infancia de Rafael es
feliz, plena de confianza en el seno de un hogar regido por el respeto, la
tolerancia, la comunicación y el profundo cariño entre todos sus miembros.
Cursa los comienzos
del Bachillerato en los Jesuitas de Burgos, donde se integra, además, en la
Congregación de María Inmaculada. Buen
estudiante de ejemplar conducta, sufre en ese tiempo una grave pleuresía.
La familia traslada su
residencia a Oviedo en 1922. En esa
ciudad finaliza el Bachillerato en el
Colegio de S, Ignacio de Loyola, regentado por la Compañía de Jesús.
Desea ser arquitecto.
Con 19 años se matricula en la Escuela Superior de esa especialidad en
Madrid. Perfecciona a la vez sus dotes
de artes plásticas y pintura, hasta el punto de diseñar y confeccionar todas
las vidrieras de la capilla privada de
la residencia que sus tíos maternos, los duques de Maqueda, poseen cerca de
Avila.
Sufre en esta época de
universitario de intensas fiebres palúdicas.
Desde Madrid, los
fines de semana conoce el patrimonio artístico de
Castilla, León y Asturias, y por indicación de sus tíos se adentra en Palencia
hasta el Monasterio Cisterciense de S. Isidro de las Dueñas, conocido también
como La Trapa.
Es ahí donde, el 23 de
Septiembre de 1930, su espíritu experimenta un imprevisto y decisivo
aldabonazo. “Suspiro por Cristo, escribe en ese instante, y este Monasterio va a ser para mí dos
cosas. Primero, un rincón del mundo
donde sin trabas pueda alabar a Dios noche y día, y segundo, un purgatorio en
la tierra donde pueda purificarme, perfeccionarme y llegar a ser santo. Yo le entrego mi voluntad y mis buenos
deseos. Que El haga todo lo demás”.
La vida de Rafael
cambia de rumbo. Abandona la
Arquitectura, vuelve al seno familiar en Oviedo e ingresa en la Adoración
Nocturna. Se dirige a las Dueñas para
confirmar su visión en una tanda de Ejercicios Espirituales. “El tener quieta la lengua hace descansar
el corazón. Con el silencio todo se hace
más eficaz”. “Callemos, lo mismo cuando somos consolados por el
Divino Jesús que cuando estamos a solas con nuestra cruz”.
En 1.933 es llamado a
filas para cumplir el Servicio Militar Obligatorio en el Cuerpo de Ingenieros.
Una vez licenciado solicita el ingreso en La Trapa. Es admitido el 15 de Enero de 1934, a punto
de cumplir 23 años. “Entré con un
corazón muy alegre y con mucho amor a Dios”. Cuatro meses de estricta observancia a la
Regla que se ven rotos por la repentina aparición de un grave cuadro diabético,
que le hace regresar al hogar de la familia para recuperar la normalidad. Una vez restablecido, reingresa en el
Monasterio con la condición de Oblato.
Estalla la Guerra
Civil en España. Rafael es llamado al
frente de combate. El 29 de Septiembre
de 1936 abandona por este imperativo el convento y entra en contienda. Su estado físico se debilita a causa de sus
dolencias. Exámenes de médicos militares
le declaran inútil total para las armas y en Diciembre de ese mismo año regresa
otra vez al Monasterio. “No hallaremos la paz ni encontraremos a Dios
mientras no le busquemos en el silencio y en la oración, mientras no estemos
quietos”.
El 7 de Febrero de
1937, a punto de cumplir 26 años, su estado físico es deplorable. La enfermedad se ceba con él. Los superiores, sopesando las difíciles
condiciones que la Guerra Civil impone a la vida monástica, aconsejan se
traslade de nuevo al seno familiar donde con más sosiego pueda descansar y
restablecerse. “En el humilde
sacrificio de mi soledad hallo lo que busco, tu Cruz, y en la Cruz estás Tú”. Su vida está totalmente polarizada por
Dios. “Solo Dios”, repite
incansable, “Solo Dios”. “Nuestra
paz en el mundo aumenta a medida que aumenta nuestro silencio”. “Callemos a todo para que en el silencio
oigamos los susurros del amor, del amor humilde, del amor paciente, del amor
inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz”.
“En el silencio hallaremos, si sabemos buscarlo, nuestro tesoro, que es Dios”.
“Qué loco estoy cuando de mí me ocupo y qué vanidad es ocuparse de lo que no es
de Dios”.
El 15 de Diciembre de
1937 se opone a “estar tan mimado y atendido por la familia” y
retorna, débil y enfermizo, al Monasterio. “Deseo estar en silencio delante
de Dios. No quiero ni pido más. El
silencio es más agradable a Dios que el hablar por hablar, aunque ese hablar
sea de cosas espirituales. No es el
silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo
muchas cosas dentro y muy hermosas, se
calla, para que las palabras, que
siempre son torpes, no adulteren el diálogo con Dios. Es el silencio el que nos hace humildes,
sufridos, que al tener una pena nos la hace contar solamente a Jesús para que
El también en silencio nos la cure sin que los demás se enteren”.
Rafael atisba el final
de su vida. Se precipita su proceso
personal. Sólo le queda un breve
tiempo. “Calla hermano que estoy
hablando a Dios. La vida de amor... he aquí la única razón de vivir. Señora, todo lo he dado, y si aún queda algo
tómalo también Señora y dáselo a Jesús” .
El 17 de Abril de
1938, el Abad Félix Alonso le impone simbólicamente el escapulario y la cogulla
trapense. Su padre le visita el 21 de
Abril. Con él mantiene una ilusionada y viva
comunicación sobre sus futuros proyectos de crecimiento espiritual en La Trapa.
Cinco días más tarde,
el 26 de Abril de 1.938, el coma diabético es irreversible y mortal. En la enfermería de su querido Monasterio,
los monjes que le atienden escriben sus últimas palabras, dulces, suaves,
iluminadas y esperanzadas:
“Tómame Señor a mí y date Tú al mundo”. Tiene 27 años.
Ahí termina, ahí
comienza la Vida de este santo hombre, estudiante, soldado, trapense que, desde
su niñez preciosa y confiada, hasta su
serena expiración, cumple la Voluntad de su Amado.
Recibe sepultura en el
cementerio del Monasterio. El 13 de
Noviembre de 1972 sus restos se trasladan a la iglesia abacial de Las Dueñas
donde reposan en la actualidad.
Juan Pablo II le
beatifica en Septiembre de 1992. El 11
de Octubre de 2009 es canonizado por Benedicto XVI.
El testimonio de su
corta e íntima vida de seglar y monacal, en la salud y en la enfermedad cruel
que ocupa tantos periodos de su juventud y madurez, vigoriza y aviva la fe de
los cristianos de hoy y reanima la vocación de sus hermanos de La Trapa y demás
monasterios de vida contemplativa, faros hoy de potente luz que nos hacen descubrir el hondo anhelo por
Dios, que El ha colocado en el corazón de cada persona.
Hermano Rafael, te
rogamos intercedas para que todos andemos por el verdadero Camino, con la
auténtica Verdad y lleguemos a la merecida Vida. Amén.
José Ramón González.