FINAL
DE LA VIDA
TERRENA DE PABLO
Aparte de un par de citas e imágenes,
Pablo no habla directamente de su muerte: ni el cuándo ni el cómo. Léanse: Hch 28,30-31 y 2 Tm 4,6; cf Fi
2,17). La antigua tradición cristiana testifica unánimemente que la muerte de
Pablo fue consecuencia del martirio sufrido en Roma. Y los escritos del Nuevo
Testamento no recogen el hecho. Veámoslo a través de los textos de Benedicto
XVI.
Gregorio Rodríguez, cpcr
El primer testimonio explícito sobre el final de san Pablo nos viene de
la mitad de los años 90 del siglo I, y por tanto poco más de treinta años
después de su muerte efectiva. Se trata precisamente de la Carta que la Iglesia
de Roma, con su obispo Clemente I, escribió a la Iglesia de Corinto.
En aquel texto epistolar se invita a tener ante los ojos el ejemplo de
los Apóstoles, e, inmediatamente después de mencionar el martirio de Pedro, se
lee así: Por los celos y la discordia Pablo fue obligado a mostrarnos como
se consigue el premio de la paciencia. Arrestado siete veces, exiliado,
lapidado, fue el heraldo de Cristo en Oriente y en Occidente, y por su fe
consiguió una gloria pura. Tras haber predicado la justicia en todo el mundo, y
tras haber llegado hasta el extremo de Occidente, aceptó el martirio ante los
gobernantes; así partió de este mundo y llegó al lugar santo, convertido así en
el más grande modelo de paciencia (Clemente 5,2).
La paciencia de la que habla es la expresión de su comunión con la
pasión de Cristo, de la generosidad y constancia con la que aceptó un largo
camino de sufrimiento, hasta poder decir: llevo sobre mi cuerpo las señales
de Jesús (Ga 6,17).
El texto de San Clemente dice que Pablo habría llegado hasta el extremo
de Occidente. Se discute si esto se refiere a un viaje a España que San
Pablo habría realizado. No existe certeza sobre esto, pero es verdad que San
Pablo en su carta a los Romanos expresa su intención de ir a España (cf Rm
15,24).
Habla la Historia: Pedro y Pablo
Es muy interesante, en la carta de Clemente, la sucesión de los dos
nombres de Pedro y de Pablo, aunque éstos serán invertidos en el testimonio de
Eusebio de Cesárea en el siglo IV, cuando hablando del emperador Nerón
escribió: «Durante su reinado Pablo fue decapitado precisamente en Roma, y
Pedro fue allí crucificado. El relato está confirmado por el nombre de Pedro y
de Pablo, que aún hoy se conserva en sus sepulcros en esta ciudad» (Historia
eclesiástica 2,25,5). Eusebio después continúa
relatando la declaración anterior de un presbítero romano de nombre Gayo, que se remonta a los inicios del siglo II: Yo te
puedo mostrar el trofeo de los apóstoles: si vas al Vaticano o a la Vía Ostiense, allí encontrarás los trofeos de los fundadores de
la Iglesia (ibid. 2, 25,6-7). Los «trofeos» son
los monumentos sepulcrales, y se trata de las mismas sepulturas de Pedro y de
Pablo que aún hoy veneramos, tras dos milenios en los mismos lugares: sea en el
Vaticano respecto a San Pedro, sea en la Basílica de San Pablo Extramuros en la
Vía Ostiense, respecto al Apóstol de los Gentiles.
Es interesante señalar que los dos grandes Apóstoles son mencionados
juntos. Aunque ninguna fuente antigua habla de un ministerio contemporáneo suyo
en Roma, la sucesiva conciencia cristiana, sobre la base de su común sepultura
en la capital del imperio, los asociará también como fundadores de la Iglesia
de Roma. Así se lee de hecho en Ireneo de Lyón, a finales del siglo II, a
propósito de la sucesión apostólica en las distintas iglesias: Ya que sería
largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia
grandísima y antiquísima y de todos conocida, la Iglesia fundada y establecida
en Roma por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y
Pablo (Adv. haer. 3, 3,2).
Y también sólo de Pablo
Dejemos aparte la figura de Pedro y concentrémonos en la de Pablo. Su
martirio viene relatado por primera vez en los Hechos de Pablo, escritos hacia
finales del siglo II. Éstos refieren que Nerón lo condenó a muerte por
decapitación, ejecutada inmediatamente después (cf 9,5). La fecha de la muerte
varía según las fuentes antiguas, que la colocan entre la persecución
desencadenada por Nerón mismo tras el incendio de Roma en julio del 64 y el
último año de su reinado, el 68 (cf Jerónimo, De viris
ill. 5,8).
El cálculo depende mucho de la cronología de la llegada de Pablo a Roma,
una discusión en la que no podernos entrar aquí. Tradiciones sucesivas
precisarán otros dos elementos.
Uno, el más legendario, es que el martirio tuvo lugar en las Acquae Salviae, en la Vía Laurentina, con un triple rebote de la cabeza, cada uno de
los cuales causó la salida de una corriente de agua, por lo que el lugar se ha
llamado hasta ahora «Tre Fontane»
(Hechos de Pedro y Pablo del Pseudo Marcelo, del
siglo V).
El otro, en consonancia con el antiguo testimonio ya mencionado, del
presbítero Gayo, es que su sepultura tuvo lugar no
sólo fuera de la ciudad, en la segunda milla de la Vía Ostiense,
sino más precisamente en la granja de Lucina, que
era una matrona cristiana (Pasión de Pablo del Pseudo
Abdías, del siglo VI). Aquí, en el siglo IV, el
emperador Constantino erigió una primera iglesia, después enormemente ampliada
tras el siglo IV y V por los emperadores Valentiniano II, Teodosio
y Arcadio. Tras el incendio de 1800, se erigió aquí la actual basílica de San
Pablo Extramuros.
En todo caso, la figura de San Pablo se engrandece más allá de su vida
terrena y de su muerte; él ha dejado de hecho una extraordinaria herencia
espiritual. También él, como discípulo verdadero de Jesús, se convirtió en
signo de contradicción. Mientras que entre los llamados «ebionitas»
-una corriente judeocristiana- era considerado como
apóstata de la ley mosaica, ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles
aparece una gran veneración hacia el Apóstol Pablo.
Quisiera ahora prescindir de la literatura apócrifa, como los Hechos de
Pablo y Tecla y un epistolario apócrifo entre el Apóstol Pablo y el filósofo
Séneca. Es importante constatar sobre todo que bien pronto las Cartas de San
Pablo entran en la liturgia, donde la estructura profeta-apóstol-Evangelio es
determinante para la forma de la liturgia de la Palabra. Así, gracias a esta
«presencia» en la liturgia de la Iglesia, el pensamiento del Apóstol se
convierte en seguida en alimento espiritual para los fieles de todos los
tiempos.
Conclusión. Habíamos comenzado estos artículos preguntando:
Pablo de Tarso, ¿quién eres? Si hemos conocido algo mejor a San Pablo, si
le hemos comprendido algo más, -y en mi caso personal así es- entonces el
Señor ha estado muy cerca y nos ha regalado gracias, luces de vida cristiana,
y sobre todo de amor apasionado a Cristo y a su Evangelio, que de ahora en
más no queremos dejar de proclamar y testimoniar. ¡Adelante, pues! Sabemos
de quién nos hemos fiado. Y creemos en Él.
G.R.