Gotas
La voz celeste que había oído me habló otra vez y me dijo:«Toma el librito abierto de la mano del ángel...» Y el ángel me dijo: «Toma y cómelo; en la
boca te sabrá dulce como miel y amargo en el estómago».Tomé el librito de la
mano del ángel y lo comí: en mi boca sabía dulce como la miel; pero cuando lo
tragué, sentí amargo el estómago.
(Ap 10,8-11).
La voz del ángel de Dios, -nuestro
santo ángel, ¿por qué no?-
nos hace una clara invitación
con las precisas
consecuencias de su aceptación.
La invitación: comer el libro abierto
de la Vida: el Evangelio de Jesús.
Las
consecuencias: la dulzura en la boca, el amargor en el estómago.
La Palabra Santa es dulce a la boca y
amarga al estómago.
Dulce como miel, sabe a Gloria. ¡Da Vitalidad y Felicidad!
Lo ha dicho el Señor: El que coma de este pan vivirá por mí... vivirá
para siempre.
Amarga: revuelve el estómago, la mente y el corazón,
por desacostumbrados y malacostumbrados a
alimentos indigestos, por lo interesados y egoístas; alimentos que engordan
la prepotencia y la superchería, favorecen la
rebeldía del propio instinto,
caprichoso de placer, narcisista, relativista,
sexista, machista, feminista.
Lo cual hace daño, mucho daño al corazón y
a la vida.
La
Palabra asimilada lo va curando hasta sanarlo del todo.
La invitación es apremiante y decisiva.
Es hora ya de acercarnos a la mesa de la Palabra de Dios,
para saciarnos y
vivir de la Palabra que no pasará.
El primer
alimento del día sea éste: la Palabra-meditación.
Y el
último también éste: la Palabra-oración.
Así
encuadrada, la jornada habrá sido «divinamente» salvada.
¡Ojalá escucharais
hoy su voz! (Salmo 95/94, 7)
P. Gregorio