VIENTO EN POPA
Seguimos ahondando en el
conocimiento de nosotros mismos, con la presentación del organismo
sobrenaturalmente añadido a nuestra naturaleza, en el presente orden o economía
de salvación, como dicen los teólogos.
Hemos visto en artículos
precedentes esa especie de facultades o potencias que llamamos virtudes.
Hablemos ya de los dones
del Espíritu Santo. Infundidos en el alma también, junto con la gracia y las
virtudes, pueden compararse, decíamos, a las velas del navío, porque son
dispositivos que nos permiten acoger las luces y mociones del Espíritu Santo en
orden a nuestra santificación. Dan a la vida cristiana, con la docilidad,
facilidad, suavidad y gusto. Ello se debe, como
ya hemos explicado anteriormente, a que en su ejercicio la iniciativa es
del Espíritu Santo, como en el henchirse de las velas lo es del viento.
Funcionamiento bien diverso del de las virtudes, en las que la iniciativa es de
la persona, siempre con ayudada de la gracia, y por eso las comparamos a los
remos. De manera que se puede decir que si la práctica de las virtudes, sobre
todo al principio, es costosa como el remar, cuando el Espíritu Santo nos mueve
con sus dones, nuestra vida espiritual va viento en popa.
Se enumeran siete dones
del Espíritu Santo, sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza,
piedad y temor de Dios, basándose en la profecía de Isaías sobre la venida del
Mesías, lo que nos hace comprender de entrada que estos dones del Espíritu
Santo se encuentran como en su sede principal y primaria, en Cristo, del que
derivan al resto de los miembros de su Cuerpo místico. Saldrá un vástago del
tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el
espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y
fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvé (Is
11, 1-2).
Como puede observarse en
la enumeración tradicional hay un don del que el profeta no habla
explícitamente, el don de piedad. La introducción proviene, según parece, de un
desdoblamiento del don de temor, porque, en efecto, en el temor filial hay dos
componentes, la respetuosa reverencia y la amorosa disposición para honrar a
Dios y a nuestros padres.
Los tres primeros dones,
por radicar sobre todo en la inteligencia, son llamados intelectuales y podría
decirse que son más bien contemplativos; los tres finales radican más bien en
la voluntad, por lo mismo podrían llamarse volitivos u operativos. Entre las
dos series se sitúa el don de consejo que perfecciona a la vez a la
inteligencia y a la voluntad y proyecta concretamente la luz de la contemplación sobre las decisiones prácticas a tomar.
Vamos a ir presentando brevemente
cada uno de estos siete dones y lo vamos a hacer sirviéndonos de la descripción
de los mismos hecha por el Papa Juan Pablo II en sus catequesis sobre el Credo.
Utilizamos el resumen realizado en, www.corazones.org.
El don de
Sabiduría
La sabiduría «es la luz que se recibe
de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y
sumo, que es propio de Dios... Esta sabiduría superior es la raíz de un
conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere
familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas.
... «Un cierto sabor de Dios» (Sto Tomás), por lo que
el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino
el que las experimenta y las vive. Además, el conocimiento
sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas
según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este don,
el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que
él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con
los mismos ojos de Dios. Ejemplo: «Cántico de las criaturas» de San Francisco
de Asís... Gracias a este don toda la vida del cristiano con sus
acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a
ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz «que viene
de lo Alto», como lo han testificado tantas almas escogidas también en nuestros
tiempos... En todas estas almas se repiten las «grandes cosas» realizadas
en María por el Espíritu Santo. Ella, a quien la piedad tradicional venera como
«Sede Sapientiae», nos lleve
a cada uno de nosotros a gustar interiormente las cosas celestes.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre
el Credo, 9-IV-89
Don de Entendimiento
La fe es adhesión a Dios en el claroscuro
del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer
más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del
Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente este don especial de
inteligencia y casi de intuición de la verdad divina. La palabra «inteligencia»
deriva del latín intus legere,
que significa «leer dentro», penetrar, comprender a fondo. Mediante
este don el Espíritu Santo, que «escruta las profundidades de Dios» (1
Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre
el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se
renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras
haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con
nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?» (Lc 24:32). Esta
inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la
comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son
herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cfr Jn 14:26; 16:13) y a
los fieles que, gracias a la «unción» del Espíritu (cfr 1 Jn 2:20 y 27)
poseen un especial «sentido de la fe» (sensus
fidei) que les guía en las opciones concretas.
Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia
de las cosas divinas, hace también mas límpida y
penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los
numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la
dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida
la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo
presente y el futuro. «¡signos de los tiempos,
signos de Dios!».
Queridísimos fieles, dirijámonos al
Espíritu Santo con las palabras de la liturgia: «Ven, Espíritu divino, manda tu
luz desde el cielo» (Secuencia de Pentecostés). Invoquémoslo por intercesión de
Maria Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu supo
escrutar sin cansarse el sentido profundo de los misterios realizados en Ella
por el Todopoderoso (cfr Lc 2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de
Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: «Proclama mi
alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc
1, 46 s).
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre
el Credo, 16-IV-89
Don de Ciencia
1. La reflexión sobre los dones del Espíritu
Santo, que hemos comenzado en los domingos anteriores, nos lleva hoy a hablar
de otro don: el de ciencia, gracias al cual se nos da a conocer el verdadero
valor de las criaturas en su relación con el Creador. Sabemos que el hombre
contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está
expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista
del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad
y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer
de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se
trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar
de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el
mundo se postra demasiado a menudo.
2. Para resistir esa tentación sutil y
para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, he aquí que el
Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia. Es esta la que le
ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador.
Gracias a ella -como escribe Santo Tomás-, el hombre no estima las criaturas
más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida
(cfr S. Th., 11-II, q. 9, a. 4).
Así logra descubrir el sentido teológico
de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque
limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como
consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza,
cantos, oración, acción de gracias. Esto es lo que tantas veces y de múltiples
modos nos sugiere el Libro de los Salmos. ¿Quien no se acuerda de alguna de
dichas manifestaciones? «El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento
pregona la obra de sus manos» (Sal 18/19, 2; cfr Sal 8, 2); «Alabad al
Señor en el cielo, alabadlo en su fuerte firmamento... Alabadlo Sol y Luna,
alabadlo estrellas radiantes» (Sal 148, 1. 3).
3. El hombre, iluminado por el don de la
ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas
del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir,
cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a
advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y
confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de
infinito que le acosa.
Esta ha sido la experiencia de los
Santos... Pero de forma absolutamente singular esta experiencia fue vivida por
la Virgen que, con el ejemplo de su itinerario personal de fe, nos enseña a
caminar «para que en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones
estén firmes en la verdadera alegría» (Oración del domingo XXI del tiempo
ordinario).
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre
el Credo, 23-IV-89
José Mª Fernández-Cueto, cpcr