Los pasos para discernir

 

 

Trigo y cizaña

Querido Federico:

¿Que te cuesta perseverar en el discernimiento? ¿Que estás perplejo por lo que sientes?... Estás cayendo en la cuenta una vez más que la vida espiritual es lucha, la oración también, el mismo discernimiento lo es. Más aún, este último te ayudará a despertar mejor y ver lo que ocurre en tu interior, descubrir que hay cosas que te ayudan y otras no, verás tu corazón o el del otro como un campo de batalla. Esto es realismo.

Luchar

Para ayudarte, paso a darte ya algunas indicaciones para de­tectar la invitación de Dios y las insinuaciones del enemigo, que es lo que genera el movimiento que experimentamos dentro de noso­tros, y del que me hablas en tu carta. Con la ayuda del Señor y tu esfuerzo podrás, con el discernimiento, aprender a leer lo que expe­rimentas y obtener una certeza moral o práctica de cara a tus deci­siones y acciones; no una certeza absoluta, porque en las relacio­nes interpersonales no se puede pretender tanto.

Tres fases

Todo aquel que quiere discernir debe dar tres pasos, según San Ignacio:

              SENTIR                  CONOCER                   ACTUAR  ► Aceptar o Rechazar      

 

Sensibilidad a las mociones

«SENTIR»: Todos podemos advertir variaciones interiores en nuestro estado de ánimo: miedos, desconcierto, paz, alegría, triste­za, sensación de coherencia o incoherencia, de estar en la verdad, impulsos fuertes, deseos, gustos, proyectos ardientes, tentaciones vivaces, cerrazón, ánimo o desánimo, esperanza o desesperanza, coraje o cobardía, etc. Son estados anímicos que buscan «inclinar» o «imponer», una dirección determinada a nuestro mundo afectivo-emocional.

Frases

A veces, constatamos lo anterior acompañado de ciertas fra­ses: «No te metas», «tienes que hacer algo»... quizás lo digo: «No me deja en paz este pensamiento».

Educarse a percibir

Debemos caer en la cuenta de estos sentimientos con o sin pensamientos («no pasar como gato sobre brasa» con lo que nos sucede), acostumbrarse a percibirlos, porque es la materia prima del discernimiento. Recoger las vivencias internas del día tomando lo que me suene a Dios y lo que suene a treta o trampa del espíritu del mal.

Es necesario examinarse

Es lo que detectas en tu examen diario de conciencia espiri­tual y que según me comentabas con frecuencia te deja perplejo. Por eso es necesario dar el segundo paso:

Reflexión orante

«CONOCER»: Debemos clarificar lo que sucede en nosotros. A veces no se logra saberlo en seguida. Esto es discernir, propia­mente dicho, interpretar, aclarar, con la inteligencia iluminada por la fe.

Doble movimiento

Nuestro interior debe ser como una casa donde entramos y asistimos a una lucha que es más grande que nosotros mismos y que debemos discernir. «Toda la vida humana... se presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas...», dice el documento conciliar Gaudium et Spes, en el número 13. En lo más profundo de nosotros hay dos movimien­tos: el amor y el egoísmo.

Dos realidades

San Ignacio, usando la terminología de su época, que parece del tiempo de Maríacas-taña, sin embargo, importante en la espiri­tualidad, los llama «espíritus»; la lucha entre el buen espíritu y el mal espíritu.

Buen espíritu

Buen espíritu es Dios o las mediaciones que me acercan a Dios o me manifiestan su voluntad, me ayudan en el bien (lecturas, la creación, los acontecimientos de la vida...). Dios no deja de co­municarme sus gracias e impulsos.

Mal espíritu

Mal espíritu es el demonio o lo que me aleja de Dios, me apar­ta de su voluntad, la contradice, me frena en mi caminar (pulsiones o instintos, la naturaleza humana herida y pecadora, la pornografía que nos llega por la televisión o Internet...).

Discernir es pasar del nivel moral al  espiritual

Te recuerdo, Fede, que se trata de conocer la bondad y mali­cia no sólo moral de la moción (que esté de acuerdo o no con los mandamientos, lo que está permitido y lo que está prohibido) sino también en el orden espiritual, ya que como bien dice San Pablo: «Todo es lícito, pero no todo me conviene» (1 Co 6, 12); es decir, determinar si favorece o compromete mi crecimiento cristiano.

Criterios diferentes

En este paso tres son los criterios que te pueden ayudar a discernir:

Por los efectos

v Por los frutos. Según el criterio de discernimiento que nos da Jesús (Cf. Mt 7, 16), pregúntate para diferenciar en las mociones o impulsos interiores advertidos: ¿Cómo quedo?, ¿cómo me deja?, ¿cuáles son los efectos?; es decir; ¿te deja paz o no?

Por la intencionalidad final

v Por el sentido religioso o espiritual de las mociones. Otra manera de diferenciar, como hizo Josué con aquel hombre que se le presentó cerca de Jericó: ¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos? (Jos 5, 13) es preguntarte, Federico: ¿A dónde me lleva todo lo que experimento?, ¿hacia dónde me conduce esta moción?, ¿me acerca al Señor o me aleja de Él?, ¿favorece el sentido trascendente porque lleva a valores esenciales o no?, ¿me abre o no a los demás?, ¿ayuda o no a una mayor comunión?, ¿me conduce o no a estar disponible y asumir la voluntad de Dios?, etc.

Un ejemplo para que entiendas: La melancolía puede ser buena o mala. Para saberlo es más importante que preguntarme sobre el origen (por ejemplo si se debe a mi carácter o temperamento, a tal o cual problema psicológico…) el seguir la huella: ¿Me acerca a Dios?: ¡Estupendo! ¿Me enfría en mi relación con Él?: Mala señal. Si no tiene un sentido espiritual ni bueno ni malo, no interesa para el discernimiento.

Por contrariedad

Por los contrastes. Por ejemplo, experimentas una llamada del Señor a la paciencia y luego te vienen desalientos, agresividades. Aquí puedes hacerte estas preguntas: ¿Qué diferencia capto entre las mociones en mí? Es más claro discernir cuando se alternan dos sentimientos contrarios: alegría o consolación con una desolación o inquietud, en el mismo asunto y te llevan a decidir cosas contrarias. El buen espíritu es el que te anima o consuela, y el malo el que te pone obstáculos.

Decisión y acción

«ACTUAR»: El buen espíritu y el malo nos solicitan desde den­tro de nosotros mismos, pero desde el «exterior» de nuestra libertad. Y como somos protagonistas de nuestras vidas debemos decidirnos.

Que no  te suceda lo de aquella joven que no quería entrar en un convento y, sin embargo, diariamente pedía conocer la Voluntad de Dios a la Virgen, delante de una estatua de María con el Niño Jesús. Un día, el Niño le dice: «¡Entra al convento!», a lo que respondió con energía: «¡Cuando están hablando los mayores, los niños se callan!»

Aceptación

Recibir, hacer mías, las mociones buenas que me llevan a algo bueno, así acojo a las Personas divinas que están detrás de ellas y de quienes las mociones en este caso son mensajeras.

Rechazo

A las malas, que de alguna manera me perjudican, debo re­chazarlas: «Quítate de mi vista, Satanás» (Mt 16, 23), para no favo­recer la acción del mal espíritu.

Tres actores

Como ves,  hay tres actores: el buen y el mal espíritu y yo con mi libertad. Con la aceptación o rechazo libre de las mocio­nes favorezco mi conversión o perversión.

Clarificación sobre el examen

Ahora caerás mejor en la cuenta de porqué para el examen de conciencia espiritual te sugerí, en una carta anterior, el listado de lo que te ayuda a caminar en la vida y lo que no.

Siempre me interesa saber si se comprende lo que te voy es­cribiendo, para poder seguir adelante o para retomar lo que no ha quedado claro. Ya me lo dirás. Hasta pronto. Un abrazo.

P. Hugo

 

Para profundizar:

NIVELES DE INTERPRETACIÓN DE UNA TENTACIÓN

Contemplamos el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4, 1-11; Me 1, 12-13; Le 4, 1-13). Del lugar del bautismo en el Jordán, Jesús sube al desierto de Judea. Empinada pendiente. Es de masa calcárea, con un relieve de quebradas y grutas. Allí ayu­nó durante cuarenta días y encontró la tentación.

Con el permiso de Jesús miran este episodio un médico, un psicólogo y un profeta.

El diagnóstico del médico según lo que puede percibir y des­pués de tomarle el pulso, la presión sanguínea, de haberlo ausculta­do y palpado... y sin poder contar, dado el lugar, con los análisis de sangre pertinentes es: descompensación por desnutrición aguda, deshidratación... grave peligro de muerte. Debe recibir suero de glu­cosa y solución fisiológica y, cuando esté compensado hemodinámicamente, empezar a nutrirse, poco a poco, por vía oral.

El psicólogo habiendo prestado atención a las palabras de Je­sús como respuesta al Tentador, aporta su parecer: este paciente tiene un grave conflicto interior de conciencia y de culpabilidad, si come será infiel a Dios y, si no lo hace, se morirá. Hay que ayudarle a comer, pero sin que se le produzca un irreparable daño psicológi­co.

El profeta, en cambio, reconociendo los diagnósticos anterio­res, atiende a otros datos del paciente. La respuesta que dio Jesús pertenece a un horizonte más amplio, responde con la Palabra de Dios interiorizada, a la luz de la cual quiere vivir y optar.

Jesús, ante esto diría: Mi situación es que estoy siendo tenta­do. Los diagnósticos que han dado ustedes no están equivocados, pero son parciales. Cada uno aplicó su sistema de interpretación completo desde su profesió- misión, pero parcial, dado lo limitado de los respectivos terrenos.

¿Qué nos muestra todo esto? Que existen diversos «niveles» de interpretación en el discerni­miento, que todos son válidos y que cada uno no desdice a los otros. Una misma realidad puede ser leída a diferentes niveles.

El juicio espiritual del discernimiento se debe dar si queremos llegar a ser hombres realmente espirituales. El discernimiento espi­ritual, a la vez, sólo puede ser ejercitado por el «hombre espiritual», cuando la inteligencia se deja iluminar por los valores de la fe; con esta condición podremos discernir la voluntad de Dios sobre cada uno de nosotros. Veremos e interpretaremos los movimientos inte­riores a los ojos de Dios, si estos me llevan o me alejan de Dios. Las ciencias experimentales buscan el origen de las experiencias y apli­can remedios válidos en su perspectiva. El discernimiento espiritual, sin negar esto, se ocupa, sobre todo, del «sentido», orientación espi­ritual. ¿Me ayuda en mi vida espiritual? Debo seguirlo. ¿Es un estor­bo que me aparta de la voluntad de Dios? Debo rechazarlo.

(Cf. GIL, D. Tres notas sobre discernimiento, Boletín de Espiritualidad N° 23, 3-5; F1OR1TO, M. A., Buscar y hallar la voluntad de Dios. Comentario práctico de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Pauli­nas, 2000, 654-657).