¿NO HUBIESE SIDO MEJOR QUE CRISTO INSTITUYESE LA EUCARISTÍA EN
SEGUIDA DESPUÉS DEL SERMÓN DEL PAN DE VIDA?
El mes pasado dejé sin responder dos
de las tres preguntas que me hacía mi amigo Tomás, de San Feliú de Guixols. Las
copio de nuevo. La primera, que ya di por respondida, era: “¿No es comprensible
el escándalo de los judíos -cuando Jesús les anunció que su carne es verdadera
comida y su sangre verdadera bebida-?” Las otras dos:
“¿No lo hubieran tenido más fácil, si Jesús hubiese hecho ante ellos lo que
hizo en la Última Cena? ¿Cuál es la relación entre estos dos pasajes del
Evangelio?”
Ante todo, por lo que se refiere a la
segunda pregunta, ya, al responder a la primera, creo que di suficientes
elementos para comprender que los judíos y los propios discípulos de Jesús no
hubiesen tenido más fácil aceptar que su carne era verdadera comida y su sangre
verdadera bebida, y que quien no comiese su carne y no bebiese su sangre no
tendría vida en sí mismo, realizando allí y entonces lo que realizó en la
Última Cena. Añadiré ahora que no estaban en condiciones de creer en la verdad
de sus palabras y por consiguiente no habrían creído que el pan y el vino
consagrados son respectivamente su cuerpo y su sangre
y ello real, verdadera y sustancialmente, según la fe de siempre de la Iglesia
y la definición dogmática del Concilio de Trento. Bien claro se lo dijo Jesús: “Las
palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros
algunos que no creen.” Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los
que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: “Por esto os he
dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.”(Jn 6,
63-66).
Los propios apóstoles, a pesar de las
hermosas palabras de Pedro, no estaban en condiciones de participar en una
ceremonia que, además de tener que celebrarse en un banquete -¿cuál, dónde,
cómo, con quién?-, pedía una maduración de la fe y una intimidad mucho mayores
con Cristo de las que entonces podían tener. Se añade que, de haberlo hecho
así, no se hubiese podido percibir la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo
Testamento, entre la Pascua Antigua y la Nueva, entre la Antigua y la Nueva
Alianza, entre el cordero pascual y el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo, como se pudo en la Última Cena, al coincidir ésta con la Cena pascual
judía. Tampoco hubiese quedado claro que lo que Jesús realizaba era una
anticipación sacramental, misteriosa, pero real, de su sacrificio redentor en
la Cruz. De éste sacrificio Jesús les habló en esta ocasión, pero de una forma
velada, sea cuando les dijo: “el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la
vida del mundo” (Jn 6, 51), sea después, cuando quiso atajar el escándalo,
diciéndoles: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir
adonde estaba antes?” (Jn 6, 62). No podía decirlo entonces claramente. Lo
dijo mucho más tarde, pocos días después de que Pedro le confesara como el Hijo
de Dios, en Cesarea de Filipo (Cf Mt 16, 16 y ss.), confesión que se asemeja a
la que el mismo Pedro había hecho aquí en Carfarnaún, pero en circunstancias
muy diversas y cuando, como digo, la fe y adhesión a Jesús de sus apóstoles era
mucho menos madura y no permitía que Él comenzase a hablarles con claridad
sobre la culminación de su misión redentora. Y con todo, aun entonces, cuando
les anunció por primera vez su pasión y muerte, les provocó una nueva y muy
dura crisis. Para ayudarles a superarla tuvo que transfigurarse en presencia de
los tres predilectos, Pedro, Santiago y Juan. ¡Qué habría tenido que hace
ahora!
A la tercera pregunta ya casi he
respondido. ¿Qué relación existe entre el sermón del Pan de vida y la
institución de la Eucaristía? Pues la que existe entre el anuncio de un hecho
fantástico y la realización del mismo. El anuncio fue muy explícito y profundo,
ahondó en la naturaleza del hecho de la institución de la Eucaristía y de los
efectos de la participación plena en la misma, comiendo la carne y bebiendo la
sangre de Aquel a quien el libro del Apocalipsis llama el Cordero inmolado.
Reproduzcámoslas: Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no
coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le
resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo
en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre,
también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 53-57).
La comunión eucarística nos comunica
la vida que Cristo, el Hijo eterno de Dios, tiene en común con el Padre, y,
hecho hombre y solidario de nuestra condición pecadora -solidario en cuanto a
la necesidad de expiación de la misma-, entregado libremente a la muerte por
nuestros pecados, nos devolvió; vida divina, participación en la naturaleza
misma del Dios vivo, por la que somos realmente hijos de Dios en el Hijo; vida
que el pecado original y tantos otros pecados mortales destruyeron en la
humanidad y ahora por la fe, por el Bautismo y sobre todo por la Eucaristía,
Jesús nos devuelve. ¡Verdadera divinización!
Espero que esto te baste, querido
Tomás.
J.Mª. F-C.