TEOLOGÍA DEL CUERPO
Sigamos adelante,
tratando de comprender nuestra condición sexuada. Pero, antes advirtamos que la
triste y repugnante visión de la ideología de género no tiene el más mínimo
apoyo racional. Como el marxismo en general, es un querer la revolución por sí
misma. Es una voluntad satánica de acabar con la realidad, porque ésta procede
de Dios y a Dios lleva. Se trata simplemente de querer
eliminar las diferencias que el sexo comporta. Cuando topan con las
diversidades fisiológico-genitales, no pudiendo hacer otra cosa, se consuelan
con decir que carecen de importancia. El pretexto será cualquier cosa que
favorezca esa revolución. De ordinario se aducen no sólo los comportamientos
brutales de los varones, sino el solo hecho de que el varón sea varón y la
mujer sea hembra. Bien claro lo dejan entender cuando no se contentan con la
igualdad de dignidad y de estatuto social y económico, es más, arremeten
indignadas contra las mujeres que aspiran a esa igualdad y con ella se dan por
satisfechas.
Nunca la Iglesia puso en duda el origen divino del sexo
Acabamos de aludir
al origen divino del sexo. Nunca la Iglesia lo puso en duda: hace parte de la
revelación. Sin embargo, hasta nuestros días el tema fue considerado en extremo
delicado y escabroso. Ya antes de la Iglesia, en el Pueblo elegido no se
permitía la lectura del Cantar de los cantares a los menores de treinta años.
En los seminarios católicos el estudio de la moralidad sexual, “De sexto
Decalogi praecepto”, se retrasaba hasta el último año de la carrera
eclesiástica. Y cuando se fue dejando el uso del latín en las clases, ese
tratado “De sexto” se siguió enseñando en latín en la mayoría de los seminarios:
resultaba menos crudo. En cuanto a reglas y constituciones de los religiosos,
lo más común era una simple advertencia, como la de S. Ignacio en sus
Constituciones: “Y porque lo que toca al voto de castidad no pide
interpretación, constando quán perfectamente deba guardarse procurando imitar
en ella la puridad angélica con la limpieza del cuerpo y mente; esto
presupuesto, se dirá de la santa obediencia.” (Sexta parte, cap. 1º, nº 1
[547]). En las familias, los padres, y en los colegios religiosos, los educadores,
no solían ir más allá de la simple alabanza de la pureza y castidad y de
recomendar huir de los peligros en esta materia. No sin motivo se ha dicho que
el tema era tabú.
Cuando el Papa Juan
Pablo II se decidió a ir exponiendo en forma de catequesis de los miércoles el
libro que ya antes de ser elevado a la silla de Pedro había escrito sobre la
Teología del cuerpo, los escandalizados no fueron pocos. Los mismos cardenales
le sugirieron la conveniencia de dejarlo, porque, según ellos, nadie lo entendía.
El Papa les respondió que él hablaba para el futuro, y siguió adelante. Ese
libro, esas catequesis eran, en efecto, una novedad. Hoy son un punto de
referencia no sólo para padres y educadores, incluyendo entre éstos a los
catequistas y a los formadores en la vida religiosa, sino también para teólogos
y moralistas.
¿Por qué el tema era tabú?
Pero se nos
preguntará ¿por qué el tema era tabú? Por dos razones principales, primera,
porque en realidad la sexualidad, debido al pecado original, como veremos, se
transformó en el impulso más vehemente de la concupiscencia y por ende más
difícil de dominar. De suerte que, a partir de dicho pecado, es difícil, y lo
será siempre, hablar o escribir sobre el particular, sin provocar, cuando
menos, una curiosidad mal sana; muchas veces, el mismo placer sexual
desordenado. La segunda razón radicaba en un conocimiento insuficiente de la
sexualidad y su importancia.
De suerte que la
intervención papal era necesaria. Aquella reserva, aquel temor no favorecían en
realidad la castidad, porque no educaban para la misma. Al propio tiempo, la
desacralización de la sociedad fue llevando al desenfreno más total del sexo,
hasta llegar al actual pansexualimo. Si ya en los años cuarenta del siglo
pasado comenzó a hacerse sentir la urgencia de una educación sexual correcta, y
aparecieron diversos libros destinados a los jóvenes con el fin de
proporcionársela -recordemos, por ejemplo, los de Tihamer Toth-, cuando Juan
Pablo II sube al trono pontificio, esa educación estaba pidiendo una teología
del sexo y es la que el Cardenal Woitila había comprendido que debía iniciar,
con el título más amplio, Teología del cuerpo. La seguiremos en este y en
algunos otros artículos.
Digamos, antes de entrar en materia, que Teología no es sólo la
ciencia de Dios, sino también la de todo cuanto con
Él tiene relación y en la medida que la tiene. Por eso existe una antropología
–ciencia del hombre- teológica. En cuanto llevamos escrito sobre el
conocimiento del ser humano, hemos procurado acercarnos al tema sobre todo
desde el sentido común y su Filosofía, sin dejar de lado la Teología. Ahora,
con Juan Pablo II, invertiremos el orden: la aproximación será sobre todo
teológica, sin descuidar la filosófica.
Añadamos que
Woitila es un teólogo que utiliza en su investigación el método fenomenológico,
en el que se trata de penetrar en la realidad de las cosas a través de un
análisis pormenorizado de cuanto en ella hay de perceptible y observable. Esos
análisis, que en Teología versan sobre el dato revelado, por sí solos no
siempre nos darán certeza de las conclusiones a que llega. Con frecuencia la
Filosofía del sentido común y la Teología dogmática vendrán a confirmar esas
conclusiones.
El Papa comenzó sus catequesis
refiriéndose
al célebre texto de S. Mateo:
«... Se le
acercaron unos fariseos con propósito de tentarle y le preguntaron: ¿Es lícito
repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió: ¿No habéis leído que al
principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre
al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De
manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no
lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó
dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles El: Por la dureza de vuestro
corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no
fue así»
(Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss). Y en seguida subrayó Juan Pablo II que Jesús se
refirió por encima y antes de Moisés al “principio”, es decir a la creación
misma de Adán -el ser humano, no el varón-. Es decir, que la respuesta de Jesús
se basaba en la naturaleza de varón y mujer, recibida del Creador. Y continuaba
el Papa: «Principio» significa, pues, aquello de que habla el libro del
Génesis. Por tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27 en forma resumida: «Al
principio, el Creador los hizo varón y hembra», mientras que el pasaje
original completo dice así textualmente: «Creó Dios al hombre a imagen suya,
a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y hembra». A continuación,
prosigue el Papa, el Maestro se remite al Génesis 2, 24: «Por eso dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos
una sola carne». Citando estas palabras casi «in extenso», por completo,
Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría
ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho
«dejará... se unirá... vendrán a ser una sola carne»). El significado normativo
es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que
añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que
Dios unió no lo separe el hombre». Ese «no lo separe» es determinante. A la
luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la
unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra
de Dios, expresada en la revelación más antigua.” (Audiencia general del
miércoles 5 de septiembre de 1979).
En su 2ª catequesis, el Papa fue directamente al libro del
Génesis
En su segunda
catequesis, inició la presentación los dos relatos de la creación del hombre.
El primero —posterior al segundo, según una exégesis comúnmente admitida—, más
metafísico y teológico que el segundo, más primitivo éste, con rasgos más
antropomórficos, como los de la frase: «formó Yahvé Dios al hombre del polvo de
la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida».
En el primer relato
advierte Juan Pablo II la riqueza de su contenido. Por de pronto, hace ver cómo
Dios, después de haber traído a la existencia el mundo tanto mineral, como
vegetal y animal, parece como si se detuviese en acto reflexivo y tomase una
decisión, después de haber visto que lo realizado precedentemente es bueno,
pero carente de razón de ser, sin un nuevo acto creador, y, con un plural
mayestático -que nosotros sabemos, gracias a la revelación llevada a cabo por
Jesucristo, corresponder a una Trinidad de Personas en el único ser de Dios-,
exclama: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1, 26). El
hombre es un ser corpóreo, como estamos viendo en los artículos escritos y por
escribir, pero Dios, al crearlo, lo que pone de relieve no es su semejanza con
el mundo material, sino con el propio Creador, “a nuestra imagen y semejanza”.
Y el Papa redondea: “Ya a la luz de
las primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser comprendido ni
explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del «mundo», es decir, del
conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto, también el hombre es cuerpo.”
Es cuerpo como lo son los animales superiores, “Varón y hembra los creó” (Gn 1,
27). Pero es cuerpo habitado por la
imagen y semejanza divina; es cuerpo que puede recibir una orden formal de multiplicarse
y de dominar la tierra. «Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y
multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominadla»(Gen
1, 28). Es corporal, no cabe duda, pero supera enormemente a todos los seres
materiales. Los supera en cuanto todos son puestos bajo su dominio, los supera
en cuanto que, como varón y hembra, son hechos responsables de la procreación,
que se les ordena, como a los demás animales, sí, pero en alguna manera de
forma personal, al dirigirse explícitamente a ambos, varón y hembra; no se les
impone fisiológicamente a través del puro instinto. Pero sobre todo los supera
en cuanto que son creados a imagen y semejanza de Dios.
¿Mitos o no?
Antes de seguir
adelante con las catequesis del Papa, conviene que subrayemos algo que ya habrá
advertido el lector. Y es que él reconoce a estos primeros capítulos del libro
del Génesis un valor y una importancia grandes, capaces de esclarecer la
naturaleza misma del hombre en cuanto criatura, en cuanto viviente corpóreo, en
cuanto partícipe de una profunda semejanza con Dios y más particularmente, por
lo que a nuestro tema se refiere, en cuanto sexuado. No se trata de textos
míticos, en el sentido de carentes de verdad, puros frutos de la imaginación,
como se entendía en el siglo XIX la palabra mito y sus derivados. Hoy sabemos que
expresan con sencillez realidades que frecuentemente trascienden lo puramente
visible. Creo que esta observación es importante, porque son muchos los que
piensan erróneamente que lo mitológico es siempre una pura fabulación. Por otra
parte, los cristianos sabemos que se trata de libros inspirados por Dios, y, en
cuanto tales, Palabra de Dios al hombre. Hay que saberlos leer, como hace Juan
Pablo II, pero, como Palabra de Dios, hacen parte de la revelación y nos dan
verdadera certeza de lo que consituye su mensaje esencial.
Con esta
introducción podremos ir recogiendo en los próximos artículos los resultados de
los finos análisis de Juan Pablo II.
José Mª
Fernández-Cueto, cpcr.