En esperanza fuimos salvados
Párrafos
de la Encíclica «Spe salvi» publicada por Benedicto XVI el 30 de noviembre
La esperanza cambia la vida
... [San Pablo] dice a los
Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza» (1 Ts
4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos
el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo
que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo
cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el
presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo
no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos
desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje
cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo» (formador). Eso
significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se
pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La
puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien
tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.
El Buen Pastor colma de esperanza
El verdadero pastor es Aquel que
conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso
por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va
conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha
bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos
ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto.
Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara
y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 22,4), era la
nueva « esperanza » que brotaba en la vida de los creyentes.
Saber esperar
El creyente necesita saber esperar
soportando pacientemente las pruebas para poder « alcanzar la promesa » (cf.
10,36). En la religiosidad del antiguo judaísmo, esta palabra se usó
expresamente para designar la espera de Dios característica de Israel: su
perseverar en la fidelidad a Dios basándose en la certeza de la Alianza, en
medio de un mundo que contradice a Dios. Así, la palabra indica una esperanza
vivida, una existencia basada en la certeza de la esperanza. En el Nuevo
Testamento, esta espera de Dios, este estar de parte de Dios, asume un nuevo
significado: Dios se ha manifestado en Cristo. Nos ha comunicado ya la «
sustancia » de las realidades futuras y, de este modo, la espera de Dios
adquiere una nueva certeza. Se esperan las realidades futuras a partir de un
presente ya entregado. Es la espera, ante la presencia de Cristo, con Cristo
presente, de que su Cuerpo se complete, con vistas a su llegada definitiva.
¿Qué es «vida eterna»?
La expresión «vida eterna» trata de dar un
nombre a esta desconocida realidad conocida. Es por necesidad una expresión
insuficiente que crea confusión. En efecto, «eterno» suscita en nosotros la
idea de lo interminable, y eso nos da miedo; «vida» nos hace pensar en la vida
que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es con
frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado la
deseamos, por otro no la queremos. Podemos solamente tratar de salir con
nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de
algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del
calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad
nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse
en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya
no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en
sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez
que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan,
Jesús lo expresa así: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie
os quitará vuestra alegría» (16,22). Tenemos que pensar en esta línea si
queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que
esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo.
La «activa esperanza» es mejora
del
mundo y de las personas
En la conciencia común, los
monasterios aparecían como lugares para huir del mundo («contemptus mundi») y
eludir así la responsabilidad con respecto al mundo buscando la salvación
privada. Bernardo de Claraval, que con su Orden reformada llevó una multitud de
jóvenes a los monasterios, tenía una visión muy diferente sobre esto. ... A
decir verdad, Bernardo dice explícitamente que tampoco el monasterio puede
restablecer el Paraíso, pero sostiene que, como lugar de labranza práctica y
espiritual, debe preparar el nuevo Paraíso. Una parcela de bosque silvestre se
hace fértil precisamente cuando se talan los árboles de la soberbia, se extirpa
lo que crece en el alma de modo silvestre y así se prepara el terreno en el que
puede crecer pan para el cuerpo y para el alma.13 ¿Acaso no hemos tenido la
oportunidad de comprobar de nuevo, precisamente en el momento de la historia
actual, que allí donde las almas se hacen salvajes no se puede lograr ninguna
estructuración positiva del mundo?
Solo redime el amor
No es la ciencia la que redime al
hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito
puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se
trata de un momento de «redención» que da un nuevo sentido a su existencia.
Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí
solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser
destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado.
Necesita esa certeza que le hace decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad,
ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo
Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su
certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es «redimido», suceda lo
que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando
decimos que Jesucristo nos ha «redimido».
Las «esperanzas» y la «Gran Esperanza»
Más aún:
nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a
día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo
lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que
abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos
no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la
esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino
el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada
uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá
imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí
donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la
posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso
de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.
La oración enseña la Esperanza
Un lugar primero y esencial de
aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios
todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie,
siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se
trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de
esperar–, Él puede ayudarme.25 Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza
nunca está totalmente solo. De sus trece años de prisión, nueve de los cuales
en aislamiento, el inolvidable Cardenal Nguyen Van Thuan nos ha dejado un
precioso opúsculo: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en
una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder
hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su
liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la
esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la
soledad.
La esperanza ilumina el esfuerzo
Toda actuación seria y recta del hombre es
esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar
adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o
aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con
nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano,
y se abran así también las puertas hacia el futuro. Pero el esfuerzo cotidiano
por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en
fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que
no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el
fracaso en los acontecimientos de importancia histórica. Si no podemos esperar
más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos
esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida
se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza. Es importante sin embargo
saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más
que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo
la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida
personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder
indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e
importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para
actuar y continuar.
Sufrir con y por los otros
Sufrir con el otro, por los otros; sufrir
por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de
convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de
humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. ... La fe cristiana nos ha
enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino
realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado que Dios –la Verdad y
el Amor en persona– ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de
Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non
incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene
un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él
mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta
el relato de la Pasión de Jesús.
María trae la esperanza al mundo
Así, pues, la invocamos: Santa María:
tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón,
esperaron «el consuelo de Israel» (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la
redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las
Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa
hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo
temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo
que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del
mundo. Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía hacerse realidad,
entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de
esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra » (Lc 1,38). Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por
los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la
imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por
los montes de la historia.
(Del archivo informático Vatican.va)