Todo el que ama
ha nacido de Dios
El verdadero amor
San Juan, el discípulo amado, el que ha
tenido el privilegio de escuchar los latidos del corazón de Cristo, es el gran
maestro en el conocimiento, la ciencia y el arte del amor. El amor auténtico
viene de Dios porque Dios es el Amor en mayúscula. Fuera de Dios no puede haber
amor verdadero. Practicar el amor fraterno es vivir el amor verdadero que procede
de Dios. Y como el amor es lo propio de Dios, tiene que ser también la marca
distintiva de los hijos de Dios. El cristiano es el que ama con un amor divino
y celeste. Ha recibido de Dios la vida del amor. La semilla de vida divina que
es el amor. Porque ha recibido la vida del amor de Dios, y ha sido engendrado
en el amor divino, amar es lo propio del cristiano. El amor fraterno es la
proyección hacia el hermano de un acto vital inmanente en lo más profundo del
ser. El creyente ama como Dios. Ama con el mismo amor de Dios vivo y activo que
le mueve a amar. El conocimiento y el amor son en San Juan dos aspectos de la
misma realidad. Conocer a Dios es tomar conciencia de que el amor de Dios está
en lo más profundo del ser del creyente. Quien ama a Dios le conoce y,
recíprocamente quien le conoce le ama. A Dios no se le puede amar sin
conocerle, ni conocerle sin amarle: «Queridos, amémonos unos a otros, porque
el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de
Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.» (1Jn 4, 7-8).
Jesucristo epifanía del Dios Amor
El amor de Dios se ha manifestado en el
mundo por medio de Jesucristo que es epifanía o manifestación del amor divino a
favor de los hombres. Se ponen aquí de manifiesto dos grandes realidades
salvíficas: el misterio de la encarnación y el envío del Padre. El misterio de
la encarnación es la expresión del amor divino en forma humana. Es el amor de
Dios que se pone a nuestro nivel y a nuestro alcance haciéndose visible y
palpable en Jesucristo. El amor acorta las distancias entre los que se aman. El
que ama se abaja hacia el amado o eleva al amado hacia sí. Jesucristo ha hecho
ambas cosas a la vez. Siendo Hijo de Dios se hará el Hijo del Hombre, para
elevar, mediante su sacrificio redentor, a todos los hombres haciéndolos hijos
de Dios.
Pero
Iniciativa divina
El amor que Dios nos manifiesta es afectivo
y efectivo a un tiempo. Se demuestra con obras y realidades hasta la prueba
máxima del amor: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos» (Jn 15, 13). El Padre nos da a su Hijo para que el Hijo entregue su
vida como precio del rescate para la humanidad. La acción sacrificial del Padre
está en el envío del Hijo a la muerte por nosotros, y la del Hijo en la entrega
de la propia vida hasta la muerte de cruz. La redención del género humano es
pues un acto de amor conjunto del Padre y del Hijo. Y como el amor del Padre y
del Hijo se personifican en el Espíritu Santo, es
legítimo concluir que la salvación del mundo es la obra de amor del Dios
Trinidad. Pero San Juan resalta en este versículo la iniciativa divina del
amor. Dios nos ha amado antes. Nos ha amado primero. Nos ama desde toda la
eternidad. La iniciativa, la espontaneidad, la prioridad son de Dios. Él nos
lleva en todo la delantera. Es verdad que nosotros también le hemos amado y le
amamos. Pero la diferencia es abismal. El amor de Dios es precedente, mientras
que el nuestro es consecuente. En nosotros es una respuesta y correspondencia
de gratitud, porque amor con amor se paga. Además, el amor de Dios es infinito
y sacrificial y nosotros nos beneficiamos de este amor redentor: «En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que
Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros
pecados.»(4, 10).
Amar como Él
El amor que recibimos de Dios debe ser un
continuo incentivo y estímulo para amarnos como Él nos ama. Cuando Juan dice. «si Dios nos ha amado de esta manera..» parece que
debería decir: «pues nosotros debemos también amarle a Él». Y, sin embargo,
Juan saca otra consecuencia distinta: «también nosotros debemos amarnos unos
a otros». Es decir, Él nos ama a nosotros. El amor divino sale de Dios y se
vuelca a favor de cada uno de nosotros. También nosotros debemos hacer algo
semejante: que el amor de Dios que habita en nuestros corazones salga de
nosotros para volcarse hacia nuestros hermanos. Esto es vivir el amor de Dios
como Dios lo vive, y como Dios ama. Un amor altruista que sale de nosotros para
volcarse en los demás. Tenemos dos grandes modelos que son el Padre y el Hijo: «...para
que... el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como
me has amado a mí.» (Jn 17, 23). «Como el Padre me amó yo también os he amado a
vosotros.. Éste es el mandamiento mío: que os améis
los unos a los otros como yo os he amado.» (Jn 15,12) Y tanto el Padre como
el Hijo aman en el amor del Espíritu Santo que se nos da también a nosotros
para que podamos amar con el mismo amor con el que Ellos nos aman: «...el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
nos ha sido dado.» (Rm 5, 5). «Queridos, si Dios nos
ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.» (4,
11).
Sentencia digna de San Juan:
¡amemos! y ¡amémonos!
A lo largo de toda la carta se puede contar
seis veces la expresión «hijos míos» y otras tantas el calificativo «queridos».
Pero la exhortación que es como una constante en toda la carta es: ¡amemos! o
¡amémonos! Que tiene el tono firme de una orden, puesto
que se trata de un mandamiento del Señor, y que al mismo tiempo está impregnada
de amorosa ternura porque es una exhortación al amor.
Esta enseñanza se puede ilustrar con una
anécdota que San Jerónimo cuenta de la vida del Apóstol y Evangelista San Juan.
Ya anciano, cada vez que se reunía con sus discípulos para instruirles, les
repetía siempre lo mismo: «Hijitos amaos unos a otros.». Y cansados de oírle
siempre lo mismo, le preguntaron la causa, a lo que respondió con esta
sentencia digna de su autor: «Porque es el precepto del Señor, y si él solo
se observa, basta.»
Pedro Cura, cpcr.