Diversiones «sanas»

y «menos sanas»

 

Desde siempre, las diversas generaciones han encontrado gusto en las diversiones recibidas de sus predecesores, y otras han sido instituidas a través de la historia. Por lo que se ve, ya en tiempos de San Pablo se conocían y se apreciaban las competiciones deportivas en las que se ponían de manifiesto la mayor fuerza, la máxima rapidez en la carrera, en el salto, en el lanzamiento de objetos... La sociedad de la época valoraba lo que se traducía en el  «aumento de humanidad» que lograban los que conseguían las coronas de laurel. Este estilo de diversión ha vuelto a ser popular en nuestro tiempo, no solo con el atletismo de los juegos olímpicos, sino en otras competiciones más destinadas a las multitudes, como el fútbol.

Pero si en estas diversiones se valora lo que «hace crecer» al ser humano, me extraña que se quieran ahora promover lo que le hace «rebajarse» personal y colectivamente. Me refiero a un cierto apoyo oficial al «macrobotellón» promovido en algún ayuntamiento, con ocasión del comienzo de la primavera... ¿Ignoran que el alcohol, además de enturbiar la mente, puede ser causa de actitudes violentas y agresivas para con los otros?

San Pablo nos habla de la sana competición entre los atletas, que les lleva a optar por una vida sobria; en cambio, los nuevos guías de la juventud parece que les animan a un camino de descenso, de vida insolidaria, de egoísmo...

¿Cómo podemos pedir «sacrificios» a un joven con 50 euros cada fin de semana y dejándoles la nevera llena? No pretendo que pasen hambre, pero sí sería bueno que tomaran conciencia de las carencias que pasan otros, quizá muy cerca de ellos mismos.

Sería mucho mejor enseñarles a divertirse bien, con el gozo de compartir lo que se tiene, con la alegría de hacer felices a los demás. No les ahorremos disgustos, si se entienden como disgustos las visitas a hospitales o a centros de minusválidos; que sepan que hay personas invidentes, paralíticas, retrasadas mentales...

Las corporaciones municipales harían muy bien en respetar a todos, en particular a los jóvenes poco responsables. Que no formen peñas en las que acabarán con «encefalía plana».

¡Pobres familias! ¿Cuándo volveremos a nuestros orígenes?

De todo corazón,

Rosario