LA IGLESIA ES MISTERIO

 

Aunque no lo parezca, acertamos al decir que la Iglesia antes que nada es misterio. Misterio, por su origen y por su naturaleza.

Parece que para muchos no es nada fácil pensar y creer a la Iglesia como misterio. La vemos tan humana o tan a ras de tierra, que nos resulta casi imposible trascender un poco e ir más allá de aquello que es su más honda raíz, aquélla que se hunde en el corazón del Misterio.

 

Balbuciendo el misterio

Ante todo caigamos en la cuenta de que misterio no es aquello que no comprendemos, o ese refugio al que nos retiramos cuando no llegamos a explicar las verdades de nuestra fe. Ni es tan siquiera aquello que percibimos como raro por lo exotérico, mágico, etc.

Quizá la imagen común más gráfica del misterio sería el sol: tiene tal luz y calor que no podemos acercarnos a él, de hacerlo quedaríamos cegados y abrasados; excede a todas las posibilidades del ser humano; ilumina y es indispensable para la vida, pero desde muy lejos.

Con mucha exactitud, nos acercamos a la comprensión de misterio cuando lo entendemos como san Pablo: el proyecto (plan, designio, propósito) amoroso de Dios con nosotros y realizado históricamente por medio del Hijo Jesucristo, a favor de la entera humanidad y con cada persona en particular. Un tal designio abarca nuestra creación, redención, vocación personal y glorificación definitiva y eterna. Por eso y para eso está la Iglesia, depositaria y transmisora de la Gracia, la Palabra, los Sacramentos, los Carismas y Ministerios, los dones Jerárquicos, etc. Por eso la Iglesia es misterio.

Es más, tratándose de un plan de Dios-Padre-Amor, el amor es el sentido último del misterio, su raíz más profunda. O si se prefiere: el Corazón de la Trinidad. De ahí arranca la Iglesia, ese es su origen, y allí conduce, ese es su más alto fin. Ése es su sublime e inabarcable misterio. ¿Quién podrá ponderarlo como es debido? También por eso, la Iglesia es un gran misterio.

La Iglesia depende, pues, de su fuente originaria: el Dios trinitario. De Él emana su vida. Toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, afirma la Lumen Gentium 4, citando a san Cipriano. Si así no fuera, la Iglesia no habría podido aguantar todos los ataques de que ha sido objeto, ni tenido la fuerza suficiente para renovarse y rejuvenecerse continuamente (Catecismo 175). ¡Lo que no deja de ser un formidable misterio!

Y podíamos seguir y ampliar, si cabe hablar así, el misterio de la Iglesia. ¿Quién nos ha engendrado para la vida divina y nos acompaña en nuestro camino, si no la Iglesia? Por el Bautismo, en su seno hemos recibido el inmenso don de la fe que nos unió con Cristo para siempre, se nos dio su Espíritu y así somos hijos en el Hijo Jesucristo. Toda esta realidad divina y humana hace parte del misterio de la Iglesia. Estamos, pues, cada uno de nosotros inmersos en ese misterio, formamos parte de él. Somos por tanto Iglesia viva: parte real y actual del gran proyecto de Dios. ¿Acaso no sentimos en nosotros mismos el ardor, la luz, la fuerza y el dinamismo de un tal misterio?

No podemos ser indiferentes a la Iglesia misterio, ni extraños, ni distantes. Somos esa Iglesia, la Iglesia del Padre, del Hijo y del Espíritu.

 

Expresiones históricas y teológicas del misterio

Muchos nombres e imágenes variados se han empleado y se emplean en la historia de los hombres para describir y entender este gran misterio llamado Iglesia: metáforas, imágenes y símbolos; de todo.

En el Nuevo Testamento aparece como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo, templo del Espíritu, redil, rebaño de Dios (Véase LG 7).

Más tarde, en los siglos II al V, se acuñan los nombres de madre, arca, misterio, sacramento, columna, fraternidad, etc.

Allá por la Edad Media (siglos V-XV) se habla de congregación, iglesia militante y triunfante, reino, cuerpo místico.

En el s. XVI, el protestantismo, -Lutero y sus seguidores-, prefirieron llamar a la Iglesia comunión de los santos, entendiéndola como algo espiritual e invisible. Y desde ahí, la fuerte acentuación de la Iglesia católica como realidad sobre todo visible. Y así surgen los apelativos de corporación o cuerpo de Cristo, sociedad visible y perfecta jurídicamente; este último nombre será el más común o dominante hasta la primera mitad del s. XX.

Con el Concilio Vaticano II (1962-1965) y queriendo presentar una imagen renovada, comprensible y cercana de la Iglesia, se recuperó y acentuó el concepto más teológico de Iglesia sacramento o comunidad sacramental, ya usada por san Cipriano en el siglo III. Esta categoría de sacramento ayuda a articular mejor la doble dimensión espiritual y visible de la Iglesia; sencillamente, porque la Iglesia es una única realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y humano (Véase LG 8).

La palabra sacramento, aplicada diez veces a la Iglesia en el Vaticano II, y entendida además como signo e instrumento (Véase LG 1) a la manera de los siete sacramentos, expresa muy bien que ella, la Iglesia, no es centro de sí misma, sino que su centro es Jesucristo; y ella, la Iglesia, es signo de la memoria y la presencia de mismo Jesucristo hoy y aquí, en ella y a través de ella.

Por lo tanto, la Iglesia se puede describir como un sacramento, es decir, como un signo e instrumento que actualiza la presencia de Jesucristo en el mundo. Esa actualización la lleva a cabo la Iglesia, mediante la Palabra de Dios y los Sacramentos, que son Palabra y Acciones del mismo Cristo actuando, o sea, purificando, renovando, santificando, salvando y glorificando aquí y ahora en los fieles cristianos.

En definitiva la Iglesia es Cristo mismo que pasó, y sigue pasando, haciendo el bien a todos. Esta es mi Iglesia, la Iglesia de la Trinidad, el Misterio, la Santa Madre Iglesia. La Iglesia que merece todo mi amor y respeto porque en ella he nacido a la fe y la gracia; ella es para mí y yo para ella. Vivir en ella es Gracia.

Concluyamos con palabras del Papa Benedicto XVI, hablando de la Iglesia: ¡Amémosla, amémosla como a Madre! Permanezcamos firmemente unidos a ella, también cuando vemos en su rostro alguna sombra y alguna mancha. Amémosla y sirvámosla con un amor fiel que se traduzca en gestos concretos en el seno de nuestras comunidades, sin caer en la tentación del individualismo y del prejuicio, y superando toda rivalidad y división. Así seremos verdaderos discípulos de Cristo (8.11.09).

Gregorio Rodríguez, cpcr