Hombres
nuevos, creadores de
una nueva humanidad
Comenzamos el mes pasado la publicación
“como por entregas” del Compendio de la Doctrina social de la Iglesia. Decíamos
como por entregas, para indicar que no se trataría de la simple publicación por
partes del documento, sino que algunos párrafos juzgados de menor importancia
los resumiríamos y añadiríamos algunas aclaraciones, cuando parecieran
necesarias, escritas como este texto en cursivas. Así presentamos ya los doce primeros números
de la introducción. Proseguimos hoy con los siete restantes. El título de la
presente entrega está tomado, como podrá observar el lector, del último párrafo
de la introducción, porque creemos expresa bien el objetivo de la Doctrina social de la Iglesia.
c)
Al servicio de la verdad plena del hombre
13 Este documento es un acto de servicio de
la Iglesia a
los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a quienes ofrece el patrimonio de su
doctrina social, según el estilo de diálogo con que Dios mismo, en su Hijo
unigénito hecho hombre, «habla a los hombres como amigos (cf.
Ex 33,11; Jn 15, 14-15), y trata con ellos (cf. Bar
3,38)».1 Inspirándose en la Constitución pastoral
«Gaudium et spes», también
este documento coloca como eje de toda la exposición al hombre « todo entero,
cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad».2 En
esta tarea, «no impulsa a la
Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa:
continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al
mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para
servir y no para ser servido».3
14 Con el presente documento, la Iglesia quiere ofrecer una
contribución de verdad a la cuestión del lugar que ocupa el hombre en la
naturaleza y en la sociedad, escrutada por las civilizaciones y culturas en las
que se expresa la sabiduría de la humanidad. Hundiendo sus raíces en un pasado
con frecuencia milenario, éstas se manifiestan en la religión, la filosofía y
el genio poético de todo tiempo y de todo Pueblo, ofreciendo interpretaciones
del universo y de la convivencia humana, tratando de dar un sentido a la
existencia y al misterio que la envuelve. ¿Quién soy yo? ¿Por qué la presencia
del dolor, del mal, de la muerte, a pesar de tanto progreso? ¿De qué valen
tantas conquistas si su precio es, no raras veces, insoportable? ¿Qué hay
después de esta vida? Estas preguntas de fondo caracterizan el recorrido de la
existencia humana.4 A este propósito, se puede recordar la
exhortación « Conócete a ti mismo » esculpida sobre el arquitrabe del templo de
Delfos, como testimonio de la verdad fundamental según la cual el hombre,
llamado a distinguirse entre todos los seres creados, se califica como hombre
precisamente en cuanto constitutivamente orientado a conocerse a sí mismo.
15 La orientación que se imprime a la
existencia, a la convivencia social y a la historia, depende, en gran parte, de
las respuestas dadas a los interrogantes sobre el lugar del hombre en la
naturaleza y en la sociedad, cuestiones a las que el presente documento trata
de ofrecer su contribución. El significado profundo de la existencia humana, en
efecto, se revela en la libre búsqueda de la verdad, capaz de ofrecer dirección
y plenitud a la vida, búsqueda a la que estos interrogantes instan
incesantemente la inteligencia y la voluntad del hombre. Éstos expresan la
naturaleza humana en su nivel más alto, porque involucran a la persona en una
respuesta que mide la profundidad de su empeño con la propia existencia. Se
trata, además, de interrogantes esencialmente religiosos: « Cuando se indaga
“el porqué de las cosas” con totalidad en la búsqueda de la respuesta última y
más exhaustiva, entonces la razón humana toca su culmen y se abre a la
religiosidad. En efecto, la religiosidad representa la expresión más elevada de
la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la
aspiración profunda del hombre a la verdad y está a la base de la búsqueda
libre y personal que el hombre realiza sobre lo divino ».5
16 Los interrogantes radicales que
acompañan desde el inicio el camino de los hombres, adquieren, en nuestro
tiempo, importancia aún mayor por la amplitud de los desafíos, la novedad de
los escenarios y las opciones decisivas que las generaciones actuales están
llamadas a realizar.
El primero de los grandes desafíos, que la
humanidad enfrenta hoy, es el de la verdad misma del ser-hombre. El
límite y la relación entre naturaleza, técnica y moral son cuestiones que
interpelan fuertemente la responsabilidad personal y colectiva en relación a
los comportamientos que se deben adoptar respecto a lo que el hombre es, a lo
que puede hacer y a lo que debe ser. Un segundo desafío es el que presenta la
comprensión y la gestión del pluralismo y de las diferencias en todos los
ámbitos: de pensamiento, de opción moral, de cultura, de adhesión religiosa, de
filosofía del desarrollo humano y social. El tercer desafío es la globalización,
que tiene un significado más amplio y más profundo que el simplemente
económico, porque en la historia se ha abierto una nueva época, que atañe al destino
de la humanidad.
17 Los discípulos de Jesucristo se saben
interrogados por estas cuestiones, las llevan también dentro de su corazón y quieren
comprometerse, junto con todos los hombres, en la búsqueda de la verdad y del
sentido de la existencia personal y social. Contribuyen a esta búsqueda con su
testimonio generoso del don que la humanidad ha recibido: Dios le ha dirigido
su Palabra a lo largo de la historia, más aún, Él mismo ha entrado en ella para
dialogar con la humanidad y para revelarle su plan de salvación, de justicia y
de fraternidad. En su Hijo, Jesucristo, hecho hombre, Dios nos ha liberado del
pecado y nos ha indicado el camino que debemos recorrer y la meta hacia la cual
dirigirse.
d)
Bajo el signo de la solidaridad, del respeto y del amor
18 La Iglesia camina junto a toda la humanidad por los
senderos de la historia. Vive en el mundo y, sin ser del mundo (cf. Jn 17,14-16), está llamada a servirlo siguiendo su
propia e íntima vocación. Esta actitud —que se puede hallar también en el
presente documento— está sostenida por la convicción profunda de que para el
mundo es importante reconocer a la
Iglesia como realidad y fermento de la historia, así como
para la Iglesia
lo es no ignorar lo mucho que ha recibido de la historia y de la evolución del
género humano.6 El Concilio Vaticano II
ha querido dar una elocuente demostración de la solidaridad, del respeto y del
amor por la familia humana, instaurando con ella un diálogo « acerca de todos
estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del
género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha
recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la
sociedad humana la que hay que renovar ».7
19 La Iglesia, signo en la historia del amor de Dios
por los hombres y de la vocación de todo el género humano a la unidad en la
filiación del único Padre,8 con este documento sobre su doctrina
social busca también proponer a todos los hombres un humanismo a la altura del
designio de amor de Dios sobre la historia, un humanismo integral y solidario,
que pueda animar un nuevo orden social, económico y político, fundado sobre la
dignidad y la libertad de toda persona humana, que se actúa en la paz, la
justicia y la solidaridad. Este humanismo podrá ser realizado si cada hombre y
mujer y sus comunidades saben cultivar en sí mismos las virtudes morales y
sociales y difundirlas en la sociedad, «de forma que se conviertan
verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el
auxilio necesario de la divina gracia».9
En síntesis, esta segunda parte de la Introducción al
Compendio, afirma que la
Iglesia con su Doctrina Social, lejos de ambicionar
ventajas terrenas, quiere ofrecer un servicio, una contribución
sobre el verdadero lugar que el hombre ocupa en la naturaleza y en la sociedad,
porque la orientación que se da a la vida propia, a la convivencia y a la
historia depende en gran parte de la respuesta que se de a los interrogantes
-¿Quién soy yo? ¿Por qué la presencia del dolor, del mal, de la muerte, a pesar
de tanto progreso? ¿De qué valen tantas conquistas, si su precio es, no raras
veces, insoportable? ¿Qué hay después de esta vida?-, interrogantes
esencialmente religiosos, sobre el lugar que debe ocupar el hombre en la
naturaleza y en la sociedad. Tres desafíos del momento actual, a saber, el de
la verdad misma del ser-hombre, el de la comprensión y aprovechamiento del pluralismo
y el de la globalización, hacen más necesaria la respuesta a esos
interrogantes. Y como justificación de todo ello recuerda que: “La
Iglesia
camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el
mundo y, sin ser del mundo (cf. Jn 17,14-16), está
llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima vocación.”
José Mª
Fernández-Cueto, cpcr.
Concilio Vaticano
II, Const. dogm. Dei Verbum, 2: AAS 58 (1966) 818.
Concilio Vaticano
II, Const. past. Gaudium et spes, 3: AAS 58 (1966) 1026.
Concilio Vaticano II, Const. past.
Gaudium et spes, 3: AAS 58 (1966) 1027.
Cf. Concilio
Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 10: AAS
58 (1966) 1032.
Juan Pablo II,
Audiencia general (19 de octubre de 1983), 2: L’Osservatore
Romano, edición española, 23 de octubre de 1983, p. 3.
Cf. Concilio
Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 44: AAS 58 (1966) 1064.
Concilio Vaticano II, Const. past.
Gaudium et spes, 3: AAS 58 (1966) 1026.
Cf. Concilio
Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium,
1: AAS 57 (1965) 5.
Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium
et spes, 30: AAS 58 (1966) 1050.