“¡Es mi vida!..
Está en tus manos”
Del mensaje del Cardenal Rouco para la
celebración de la «Jornada por
Mis queridos hermanos y amigos:
La vida del niño, desde el instante
de su concepción en el seno materno hasta que nace y se hace mayor, está –en el
sentido más profundo de la expresión– en las manos de
sus padres y, muy singularmente, de su madre. La vida del ser humano es
ciertamente un don del Dios Creador. Más aún, lo es desde un punto de vista
único, que se diferencia cualitativamente respecto de cualquier otro ser
viviente de la naturaleza. Dios interviene directa e inmediatamente en la
creación del alma del ser humano, dotándolo de una vida que supera lo meramente
biológico y psicológico y que ha de definirse como espiritual. La vida del ser
humano, don de Dios, comprende todas esas dimensiones –la física, la psíquica y
la espiritual– que se compenetran y complementan en
la profunda e indivisible unidad de la persona. Todo ser humano es una persona.
Podríamos recapitular lo dicho, afirmando: la vida de la persona es un don de
Dios, está en manos de Dios de un modo eminente. Pero está también de un modo
real en su subsistencia física en manos de los hombres; y, de forma decisiva,
en las manos de sus padres. En el seno maternal, esa vida, se engendra como fruto del acto conyugal del padre y de la
madre que se donan mutuamente. A ellos pertenece después la responsabilidad de
su cuidado y desarrollo, antes y después del nacimiento. La existencia y el
bien corporal y espiritual del niño dependen en una decisiva medida del amor de
sus padres: de si quieren ser y actuar al modo de instrumentos del don de Dios
o, por el contrario, como esclavos de los propios intereses oponiéndose al don
de la vida y, por tanto, si no se les impone su negación por la violencia, como
consentidores de la muerte de sus hijos no nacidos.
Sí, el que el niño
nazca y viva, tal como Dios quiere y la naturaleza revela, es responsabilidad
insustituible de sus padres; pero no solamente de ellos. Sus respectivas
familias, su círculo de amistades, las empresas donde trabajan… en una palabra,
el conjunto de la sociedad, juegan también un papel importantísimo en la
transmisión del don de la vida, en su acompañamiento, en su facilitación y
apoyo decidido. Y, por supuesto, a quien toca establecer y asegurar el marco
jurídico para la defensa y la protección de la vida del ser humano es al
Estado. Proteger ese derecho a la vida de cada niño antes y después de nacer,
desde el instante en el que es concebido hasta el momento de su alumbramiento,
es un deber primordial ético y prepolítico del Estado, a quien corresponde como
una de sus obligaciones fundamentales guardarlo como un derecho universal de
todo ser humano en cualquiera de las fases de su existencia y, muy
especialmente, cuando se encuentra totalmente indefenso e inocente en el
vientre de su madre. Desde que es concebido, el nuevo ser no es un “que”, sino
un “quien”: un ser personal, como expresó tan lúcidamente el recordado Julián
Marías.
Nuestra respuesta
ante el reto que presenta la desprotección jurídica del don de la vida del ser
humano en los momentos iniciales de su existencia –“atentar contra la vida de
los que van a nacer se ha convertido en derecho”– y, ante la aceptación social
del aborto cada vez más extendida y culturalmente más justificada, ha de ser la
del amor cristiano dispuesto a asistir y a acercarse con eficiencia creativa y
generosa a las madres que se sienten tentadas a dejar que se elimine la vida
del hijo que llevan en sus entrañas, ayudándolas a que lo sostengan, lo
defiendan y lo den a luz. Amor dispuesto también a difundir, en todos los
ámbitos de la sociedad, del pensamiento, de la educación y de los medios de
comunicación social, “la cultura de la vida”, en los términos y con ese
espíritu valiente de un nuevo “apostolado”, con que nos lo enseñaba el Siervo
de Dios, Juan Pablo II, y lo enseña hoy Benedicto XVI. Se trata de un verdadero compromiso apostólico que ha
de manifestarse y operar –no en último lugar– en la
vida pública, con el objetivo de que el ordenamiento jurídico vuelva a ser
claro y eficaz instrumento del derecho a la vida de los más indefensos –los
niños que van a nacer– y, a la vez, cauce propicio
para que sus madres encuentren despejado el camino de la maternidad.
Todo empeño
apostólico necesita de corazones y de almas convertidas al amor de Cristo
Crucificado, contemplado en la oración. Amor que lo contempla y se adhiere a Él
con todas las fuerzas de las que la libertad redimida del hombre es capaz.
María aceptó ser Madre del Hijo de Dios sin rehuir el acompañarle hasta
Con todo afecto, os
bendigo de corazón.