En
el seguimiento de Cristo,
dejémonos integrar en su «cordada»
Párrafos de la homilía pronunciada por Benedicto XVI durante la celebración de
Queridos hermanos y hermanas, ¡queridos
jóvenes!
El Evangelio de la bendición de las palmas,
que hemos escuchado aquí, reunidos en
Pero, ¿de qué dirección se trata? ¿Cómo se
la encuentra? La fase de nuestro Evangelio ofrece dos indicaciones al respecto.
En primer lugar dice que se trata de un ascenso. Esto tiene en primer lugar un
significado muy concreto. Jericó, donde ha empezado la última parte de la
peregrinación de Jesús, se encuentra a 250 metros bajo el nivel del mar,
mientras que Jerusalén -la meta del camino- está a 740-780 metros sobre el
nivel del mar: un ascenso de casi mil metros. Pero este camino exterior es
sobre todo una imagen del movimiento interior de la existencia, que se realiza
en el seguimiento de Cristo: es una ascensión a la verdadera altura del ser
humano. La persona puede escoger un camino cómodo y evitar todo cansancio.
Puede también descender hacia lo bajo, lo vulgar.
Puede hundirse en el lodo de la mentira y la deshonestidad. Jesús camina
delante de nosotros, y va hacia lo alto. Él nos conduce a lo que es grande,
puro, nos conduce al aire saludable de las alturas: a la vida según verdad; al
coraje que no se deja intimidar por el cotilleo de las opiniones dominantes; a
la paciencia que soporta y sostiene al otro. Él conduce a la disponibilidad
para los que sufren, los abandonados; a la fidelidad que está de parte del otro
también cuando la situación se hace difícil. Conduce a la disponibilidad para
proporcionar ayuda; a la bondad que no se deja desarmar ni por la ingratitud.
Él nos conduce al amor -nos conduce a Dios.
“Marchaba por delante subiendo a Jerusalén”. Si leemos esta palabra del Evangelio en
el contexto del camino de Jesús en su conjunto -un camino que, de hecho,
prosigue hasta el fin de los tiempos- podemos descubrir en la indicación de la
meta “Jerusalén” diversos niveles. Naturalmente en primer lugar debe entenderse
simplemente el lugar “Jerusalén”: es la ciudad en la que se encontraba el
Templo de Dios, cuya unicidad debía aludir a la unicidad de Dios mismo. Este
lugar anuncia por tanto en primer lugar dos cosas: por un lado dice que Dios es
uno solo en todo el mundo, supera inmensamente todos nuestros lugares y
tiempos; es a ese Dios al que pertenece toda la creación. Es el Dios que todas
las personas buscan en lo más profundo y de quien, de algún modo, todos tienen
también conocimiento. Pero este Dios se ha dado un nombre. Se ha dado a conocer
a nosotros, ha tenido una historia con los hombres; ha elegido a un hombre
-Abraham- como punto de partida de esta historia. El Dios infinito es al mismo
tiempo el Dios cercano. Él, que no puede ser encerrado en ningún edificio,
quiere sin embargo habitar en medio de nosotros, estar totalmente con nosotros.
Si Jesús junto al Israel que peregrina sale
hacia Jerusalén, va allí para celebrar con Israel
Así, en la amplitud del ascenso de Jesús se
hacen visibles las dimensiones de nuestro seguimiento —la meta a la que Él
quiere conducirnos: hasta las alturas de Dios, a la comunión con Dios, al
ser-con-Dios—. Es ésta la verdadera meta, y la comunión con Él es el camino. La
comunión con Cristo es un estar en camino, un permanente ascenso hacia la
verdadera altitud de nuestra vocación. Caminar con Jesús es al mismo tiempo
siempre un caminar en el “nosotros” de los que quieren seguirle. Nos introduce
en esta comunidad. Pero el camino a la vida verdadera, a un ser personas
conforme al modelo del Hijo de Dios Jesucristo supera nuestras propias fuerzas,
este caminar es siempre también un ser llevados. Nos encontramos, por así
decirlo, en una cor-dada con Jesucristo —junto a Él
en la ascensión a las alturas de Dios—. El nos empuja y nos sostiene. Forma
parte del seguimiento de Cristo que nos dejemos integrar en esa cordada; que
aceptemos no poder hacerlo solos. Forma parte de él este acto de humildad,
entrar en el “nosotros” de
Finalmente, debemos todavía decir: del
ascenso a la altura de Jesucristo, del ascenso a la altura de Dios mismo forma
parte
En resumen: el seguimiento de Cristo
requiere como primer paso volver a despertar la nostalgia por el auténtico ser
humano y así revivir por Dios. Requiere después entrar en la cordada de los que
ascienden, en la comunión de
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informático de Zenit