LA GRAN VICTORIA: VIVIR

 

La vida es Cristo y la muerte una ganancia. ¿Será verdad?  Con toda certeza, la Vida ha vencido a la muerte. Victoria definitiva. ¡Gran victoria!

Lo afirma y lo confirma la Resurrección del Señor acontecida en el hoy de nuestra historia. La Resurrección de Cristo es el grito gozoso, insuperable, de semejante e irrepetible acontecimiento, que es ante todo experiencia personal de un Jesús Vivo y de aquellos que creen en Él y le han encontrado.

Hay signos en la historia que dejan de serlo para dar paso a aquello que significan: la flor, expresión bella de la sobreabundancia de vida primaveral que la rama lleva dentro. La Resurrección del Señor, expresión sin parangón, segura y definitiva de la vida divina a reventar que anida en el corazón humano. ¿Queremos más?

Con su Resurrección, Cristo se ha convertido precisamente, -para Él y para todos los que creemos en Él-, en el vivir definitivo y gozoso. Con la Resurrección, ese vivir ha estallado como felicidad y seguridad permanente, por siempre jamás, también en el corazón humano. Por eso resucitaremos. Un vivir que es la explosión transformadora de ese anhelo hondo, de esa chispa trascendente que anida en nuestro corazón, y que nos asegura a todos, que la muerte y el mal, todo dolor, la caducidad y la fragilidad no son lo verdadero y lo real definitivo para el hombre. Ahí hay más: hay Plenitud, hay Vida. Hay gozo personal que no termina jamás. Y hay más: todo ello empieza aquí y es abrazo eterno con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Siempre. Por siempre. Para siempre. Esto es vivir. La Resurrección de Cristo nos lo ha ganado y regalado. Esa Resurrección ya no es signo, sino verdadera realidad. Esta es la obra del Padre Creador: incorporar a toda la humanidad a su círculo de amor, la Trinidad, con la Resurrección.

Estamos seguros: los signos de muerte que existen por doquier y entre nosotros, ya no tienen la garra y la veracidad que aparentan y les atribuimos. No hemos de tener miedo. Meten miedo, pero son fantasmas. Yo he vencido al mundo, dijo el Señor. ¡Gran victoria! Porque ha habido y hay resurrección, se puede y se debe vivir y vivir en plenitud.

Desdibujan la vida y casi la hacen insoportable los millones de parados y las grandes pobrezas; también la sangrante matanza millonaria de personas exterminadas en el seno materno; no menos, el engaño y la mentira como manera imperante de hacer sociedad, política, justicia y otros menesteres; las familias desamoradas, rotas y desnortadas; la infancia usada y abusada con desparpajo intolerante; la verdad, la bondad, la religión más auténtica perseguida y ajusticiada; la juventud despersonalizada e instrumentalizada, corriendo la loca carrera del placer y el gusto caprichoso, que parece libertad y no lo es, que carece de meta y agota; la educación sesgada y manipulada; la autoridad desprestigiada; los auténticos derechos impunemente conculcados, y el vil y traidor atrevimiento para inventarse derechos y valores, que no lo son ni pueden serlo, pues en sí son inhumanos y anticristianos; la corrupción, el enriquecimiento ilícito... ¡Nube infesta y asfixiante! ¿Se puede vivir?

Podemos vivir si creemos y acogemos a Aquél que es la Victoria porque ha resucitado. Victoria plena y esplendorosa sobre todo mal. Ésta es la gran Verdad y la verdadera Noticia. Ésta es la verdad de nuestra fe y el sentido de nuestra existencia. A partir del Resucitado y con Él, lo bueno y lo verdadero y nuevo sin matices estalla en el corazón del hombre y de la sociedad. ¡Venceremos! Hombres de poca fe, ¿porqué habéis dudado? (Mc 4,40).