La vida es Cristo y la muerte una
ganancia. ¿Será verdad? Con toda
certeza,
Lo afirma y lo confirma
Hay signos en la historia que dejan de
serlo para dar paso a aquello que significan: la flor, expresión bella de la
sobreabundancia de vida primaveral que la rama lleva dentro.
Con su Resurrección, Cristo se ha
convertido precisamente, -para Él y para todos los que creemos en Él-, en el
vivir definitivo y gozoso. Con
Estamos seguros: los signos de muerte que
existen por doquier y entre nosotros, ya no tienen la garra y la veracidad que
aparentan y les atribuimos. No hemos de tener miedo. Meten miedo, pero son
fantasmas. Yo he vencido al mundo, dijo el Señor. ¡Gran victoria! Porque
ha habido y hay resurrección, se puede y se debe vivir y vivir en plenitud.
Desdibujan la vida y casi la hacen
insoportable los millones de parados y las grandes pobrezas; también la
sangrante matanza millonaria de personas exterminadas en el seno materno; no
menos, el engaño y la mentira como manera imperante de hacer sociedad,
política, justicia y otros menesteres; las familias desamoradas, rotas y
desnortadas; la infancia usada y abusada con desparpajo intolerante; la verdad,
la bondad, la religión más auténtica perseguida y ajusticiada; la juventud
despersonalizada e instrumentalizada, corriendo la loca carrera del placer y el
gusto caprichoso, que parece libertad y no lo es, que carece de meta y agota;
la educación sesgada y manipulada; la autoridad desprestigiada; los auténticos
derechos impunemente conculcados, y el vil y traidor atrevimiento para
inventarse derechos y valores, que no lo son ni pueden serlo, pues en sí son inhumanos
y anticristianos; la corrupción, el enriquecimiento ilícito... ¡Nube infesta y
asfixiante! ¿Se puede vivir?
Podemos vivir si creemos y acogemos a Aquél
que es