Sanar nuestra memoria

 

Cada año, la celebración del Jueves Santo nos anima a superar las situaciones de división que encontramos en nuestra vida. En particular el recuerdo del Lavatorio de los pies, con que Cristo nos dio su «ejemplo» es un estímulo para «vencer el mal a fuerza de bien». En este momento solemne la liturgia nos propone, entre otros, las antífonas del «Donde está la caridad y el amor, allí está el Señor», una de las cuales nos previene de un peligro frecuente: «que no nos dividamos por nuestros pensamientos». En esta línea nos parecen muy oportunas las palabras de Benedicto XVI en la homilía del Jueves Santo, que ofrecemos a nuestros lectores:

 

Necesitamos el «lavatorio de los pies», necesitamos ser lavados de los pecados de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies sucios para poder así sentarnos a la mesa con él.

Pero de este modo también asumen un sentido nuevo las palabras con las que el Señor ensancha el sacramentum convirtiéndolo en un exemplum, en un don, en un servicio al hermano: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14). Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor. Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido de que nos perdonamos continuamente unos a otros.

La deuda que el Señor nos ha condonado, siempre es infinitamente más grande que todas las deudas que los demás puedan tener con respecto a nosotros (cf. Mt 18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.

El Jueves Santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor. Amén.

Como apoyo a estas palabras, ofrecemos un ejemplo de cómo la oración puede vencer muros de separación entre personas:

EL RENCOR SE PUEDE CURAR

Había una vez una suegra que odiaba cordialmente a su nuera y a los hijos de ésta. Ignoro la causa de tanto rencor. La nuera, una señora de cinco años de casada, sufría mucho con este problema. Un día me vino a consultar como debía proceder con su suegra. La respuesta fue esta: rece por su suegra con toda su alma deseándole de corazón lo mejor. Pida lo mejor para ella, pídaselo a Dios con toda sinceridad aunque le cueste mucho. «Me va a costar sangre, pero lo voy a intentar», fue la respuesta. Nunca se imaginó esta mujer que iba a recibir un consejo semejante. Pero lo aceptó y lo puso en práctica sin ponerse una fecha para concluirla, porque parte de la receta era no ponerle limite.

Yo me olvidé del asunto. Pasados dos meses la mujer pidió hablar conmigo con urgencia, «¿Se acuerda de mi suegra y del consejo que me dio de rezar por ella? Pues sucedido un milagro. Mi suegra ha venido a mi casa, algo que nunca había hecho, y me ha tratado a mi y a mis hijos con tanta amabilidad que estoy anonadada y no lo puedo creer, es otra persona conmigo». Si tienes alguien a quien guardes rencor o alguien que te odia y quieres superar ese problema haz lo mismo y te asustarás de los resultados.

¿Qué sucede con el rezar por la otra persona? Que ablandas tu relación hacia ella, ofreces tu mano, limpias tu corazón de ese veneno del rencor y sin que la otra persona sepa cómo ni porqué va reaccionando poco a poco de la misma manera. Percibe que el veneno de su alma se va, que su corazón se ablanda y sus sentimientos hacia ti empiezan a cambiar de amargos en dulces.

Es una ley que funciona. No digo que no cueste, porque si alguien te ha hecho una ofensa grave, no es fácil que reces por ella. Hay que pagar ese precio. Si este precio te resulta muy alto y prefieres seguir enojada y llena de rencor, pagarás un precio diez veces mayor. Te amargarás la vida y nada lograrás. La situación seguirá igual o peor.

Está demostrado que el perdonar de corazón es una terapia maravillosa. Así como el odiar es un veneno que amarga la vida, que la acorta. Por desgracia hay muchas personas que pasan años llenos de rencor, que no se dirigen la palabra, que no pueden verse ni en pintura. No saben cuanto daño se hacen a sí mismas, cómo se amargan la existencia. No costaría tanto; un poco de oración por la otra persona y curaría a los dos.

Pon receta de oración por la persona en cuestión. ¡Cuánto cuesta esta oración, pero como cura!

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