DATOS FUNDAMENTALES
DE LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA – III
Como me
propuse, hoy terminaré la publicación de la segunda parte del documento
vaticano: “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración
del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo.” Se trata, como ya he
dicho y repetido, de una breve pero muy buena síntesis de las enseñanzas de
Juan Pablo II sobre la Teología del cuerpo. A partir del número de mayo,
continuaré, Dios mediante, ahondando
personalmente en el conocimiento de ese ser un tanto enigmático que somos los
humanos.
José Mª
Fernández-Cueto, cpcr.
La Esposa y el
Esposo en el Nuevo Testamento
10. Todas
estas prefiguraciones se cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte María,
como la hija elegida de Sión, recapitula y transfigura en su feminidad la
condición de Israel/Esposa, a la espera del día de su salvación. Por otra
parte, la masculinidad del Hijo permite reconocer cómo Jesús asume en su
persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento había aplicado al amor
de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por su esposa. Las
figuras de Jesús y María, su Madre, no sólo aseguran la continuidad entre el
Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que superan a aquel. Como dice San Ireneo,
con el Señor aparece «toda novedad». 13 Este
aspecto es puesto en particular evidencia por el Evangelio de Juan. En la
escena de las bodas de Caná, por ejemplo, María, a la que su Hijo llama
«mujer», pide a Jesús que ofrezca como señal el vino nuevo de las bodas futuras
con la humanidad. Estas bodas mesiánicas se realizarán en la cruz, donde, en
presencia nuevamente de su madre, indicada también aquí como «mujer», brotará
del corazón abierto del crucificado la sangre/vino de la Nueva Alianza (cf Jn
19,25-27. 34).14 No hay pues nada de asombroso si Juan el
Bautista, interrogado sobre su identidad, se presenta como «el amigo del
novio», que se alegra cuando oye la voz del novio y tiene que eclipsarse a su
llegada: «El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el
que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Ésta es, pues, mi
alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo
disminuya» (Jn 3,29-30).15
La vida
cristiana como misterio nupcial
En su
actividad apostólica, Pablo desarrolla todo el sentido nupcial de la redención
concibiendo la vida cristiana como un misterio nupcial. Escribe a la Iglesia de
Corinto por él fundada: «Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os
tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a
Cristo» (2 Cor 11,2).
En la carta
a los Efesios la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia será retomada y
profundizada con amplitud. En la Nueva Alianza la Esposa amada es la Iglesia, y
-como enseña el Santo Padre en la Carta a las familias- «esta esposa, de la que
habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una
persona que se ofrece a la mirada de su esposo: «Amó a la Iglesia y se
entregó a sí mismo por ella, para... presentársela resplandeciente a sí mismo;
sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e
inmaculada» (Ef 5,25- 27)». 16 Meditando, por lo
tanto, en la unión del hombre y la mujer como es descrita al momento de la
creación del mundo (cf. Gn 2,24), el apóstol exclama: «Gran misterio es
éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,32). El amor del hombre
y la mujer, vivido con la fuerza de la gracia bautismal, se convierte ya en
sacramento del amor de Cristo y la Iglesia, testimonio del misterio de
fidelidad y unidad del que nace la «nueva Eva», y del que ésta vive en su
camino terrenal, en espera de la plenitud de las bodas eternas.
La fidelidad,
más fuerte que el pecado
11.
Injertados en el misterio pascual y convertidos en
signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, los esposos cristianos son
renovados en su corazón y pueden así huir de las relaciones marcadas por la
concupiscencia y la tendencia a la sumisión, que la ruptura con Dios, a causa
del pecado, había introducido en la pareja primitiva.
Para ellos,
la bondad del amor, del cual la voluntad humana herida ha conservado la
nostalgia, se revela con acentos y posibilidades nuevas. A la luz de esto,
Jesús, ante la pregunta sobre el divorcio (cf Mt 19,1-9), recuerda las
exigencias de la alianza entre el hombre y la mujer en cuanto queridas por Dios
al principio, o bien antes de la aparición del pecado, el cual había justificado
los sucesivos acomodos de la ley mosaica. Lejos de ser la imposición de un
orden duro e intransigente, esta enseñanza de Jesús sobre el divorcio es
efectivamente el anuncio de una «buena noticia»: que la fidelidad es más fuerte
que el pecado. Con la fuerza de la resurrección es posible la victoria de la
fidelidad sobre las debilidades, sobre las heridas sufridas y sobre los pecados
de la pareja. En la gracia de Cristo, que renueva su corazón, el hombre y la
mujer se hacen capaces de librarse del pecado y de conocer la alegría del don
recíproco.
Superación en
Cristo de la rivalidad y violencia entre el hombre y la mujer
12. «Todos
los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay... ni hombre
ni mujer», escribe S. Pablo a los Gálatas (Ga 3,27-28). El Apóstol no
declara aquí abolida la distinción hombre-mujer, que en otro lugar afirma
pertenecer al proyecto de Dios. Lo que quiere decir es más bien esto: en
Cristo, la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relación
entre el hombre y la mujer, son superables y superadas. En este sentido, la
distinción entre el hombre y la mujer es más que nunca afirmada, y en cuanto
tal acompaña a la revelación bíblica hasta el final. Al término de la historia
presente, mientras se delinean en el Apocalipsis de Juan «los cielos nuevos»
y «la tierra nueva» (Ap 21,1), se presenta en visión una Jerusalén femenina
«engalanada como una novia ataviada para su esposo» (Ap 21,20). La revelación
misma se concluye con la palabra de la Esposa y del Espíritu, que suplican la
llegada del Esposo: «Ven Señor Jesús». (Ap 22,20).
Destinados a
perdurar más allá del tiempo presente, en una forma transfigurada
Lo
masculino y femenino son así revelados como pertenecientes ontológicamente a la
creación, y destinados por tanto a perdurar más allá del tiempo presente,
evidentemente en una forma transfigurada. De este modo caracterizan el amor que
«no acaba nunca» (1 Cor 13,8), no obstante haya caducado la expresión
temporal y terrena de la sexualidad, ordenada a un régimen de vida marcado por
la generación y la muerte. El celibato por el Reino quiere ser profecía de esta
forma de existencia futura de lo masculino y lo femenino. Para los que viven el
celibato, éste adelanta la realidad de una vida, que, no obstante continuar
siendo aquella propia del hombre y la mujer, ya no estará sometida a los
límites presentes de la relación conyugal (cf. Mt 22,30). Para los que viven la
vida conyugal, aquel estado se convierte además en referencia y profecía de la
perfección que su relación alcanzará en el encuentro cara a cara con Dios.
Distintos
desde el principio de la creación y permaneciendo así en la eternidad, el
hombre y la mujer, injertados en el misterio pascual de Cristo, ya no
advierten, pues, sus diferencias como motivo de discordia que hay que superar
con la negación o la nivelación, sino como una posibilidad de colaboración que
hay que cultivar con el respeto recíproco de la distinción. A partir de aquí se
abren nuevas perspectivas para una comprensión más profunda de la dignidad de
la mujer y de su papel en la sociedad humana y en la Iglesia.
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13 Adversus haereses,
4, 34,1: SC100.846: «Omnem novitatem attulit
semetipsum afferens ».
14 La
Tradición exegética antigua ve en María en el episodio de Caná la «figura
Synagogæ» y la «inchoatio Ecclesiæ».
15 El cuarto
Evangelio profundiza aquí un dato ya presente en los Sinópticos (cf Mt 9,15 y par.).
Sobre el tema de Jesús Esposo, cf Juan Pablo II, Carta a las Familias (2 de
febrero de 1994),
16 Juan Pablo
II, Carta a las familias (2 de febrero de 1994); cf Carta Apost. Mulieris
dignitatem (15 de agosto de 1988).